Daniel (30) regresa a Quebrantos para despedirse de su padre moribundo, Don Julián Manso de Pisón (61), dueño de la fábrica de agua mineral Solagua y cacique del pueblo, con el que no se hablaba desde que se fue a Madrid a los 18 años, huyendo del yugo paterno.
Durante el funeral, una serie de extraños fenómenos atmosféricos preceden la caída esa misma noche de un meteorito, que se estrella contra la tapia del cementerio, dejando un enorme cráter de gases humeantes.
Teo Herce (57), el corresponsal del diario "La Región", confía en que por fin Quebrantos será noticia de portada, pero ese mismo día un avión cisterna y un B-52 de la fuerza aérea de EEUU colisionan en Palomares, acaparando toda la atención mediática.
A la mañana siguiente, media docena de tumbas aparecen abiertas y sus ataúdes vacíos, incluido el de Don Julián. Las fuerzas vivas capitaneadas por el Padre Damián (69), cura párroco de Quebrantos, se proponen capturar a los supuestos profanadores y recuperar los cadáveres, antes de que el pueblo se entere.
Mientras tanto, en casa de los Manso, Doña Luisa (62), su viuda, entra al cobertizo alarmada por extraños ruidos. Descubre aterrorizada que el intruso es su difunto marido, que la mira implorante con cara de infinita tristeza, antes de irse dejándolo todo revuelto.
Entre los objetos y recuerdos familiares esparcidos por el suelo, hay una foto en blanco y negro en la que aparecen felices un joven Don Julián y el que fuera su socio y mejor amigo, Don Fernando, el día que celebraron el fin de las obras de Solagua, sin imaginar que al poco comenzaría la Guerra Civil.
La desaparición del cadáver de Don Julián convierte el regreso de Daniel a Quebrantos en una oportunidad insospechada para reencontrarse con su pasado, descubrir quién era su padre, y averiguar qué sucedió hace treinta años que sigue pesando como una losa en la conciencia de Don Julián después de muerto.
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