Había un búho. No un búho cualquiera, un buhito. De esos pequeños, con plumas marrones, grisáceas y pico amarillo. El búho tenía las garras afiladas, muy finas, le gustaba con ellas arañar la madera de las ramas y dejar marcada su huella.
Un día llegó al árbol del búho una mariposa. Ella era una de esas de colores fuertes, vivos. Sus alas brillaban al sol como gotas de rocío con las primeras luces. Era casi toda de color verde, un verde claro, fresco, como el de la hierba de verano bien alime
All rights reserved