Dicen que un cuento es a la vez un lujo y una condena; lujo de aquellos que lo leen, y encuentran en él un instante del tiempo capturado en palabras; condena de aquellos personajes, que forzados por la voluntad del escritor, se ven obligados a repetir una y otra vez su historia, a veces de alegría, a veces de tristeza.
Sin embargo, a los ojos de un niño, por alguna extraña magia termporal, se ve todo diferente, no hay condenas ni lujos, esas son cosas de adultos; hay el bueno, el malo, la bonita
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