Salió del despacho a la hora de siempre, ni a las siete, como estaba firmado en su contrato, ni a las ocho, como solía ser en esos últimos tiempos. Trató de mezclarse entre la multitud de gente, que también, con ganas de llegar a sus hogares, y debido al frío de aquella tarde de invierno, parecía caminar con más prisa.
La luz del día comenzaba a alejarse de ese bullicio, llenándose las aceras con la luz mortecina de las farolas, y aquellas luces rojas y verdes, que dejaban pasar los cristales d
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