El olor a café tostado y la paz del pueblo de Caripe han muerto. En su lugar, una plaga de horror y sangre consume el nororiente de Venezuela. A sus dieciséis años, tras perder a toda su familia y ver su hacienda cafetalera convertida en cenizas, un joven sobrevive a duras penas en las entrañas de la Sierra del Turimiquire. Mortalmente herido y consumido por la fiebre, se refugia en las instalaciones del Parque Nacional, justo donde habita el misterio ancestral de la Cueva del Guácharo.
Cuando las sombras parecen definitivas, una mano inesperada lo arranca de la muerte: Gabriela, una joven alemana de diecinueve años varada en el fin del mundo. Lo que comienza como un escape desesperado desde el depósito de una cafetería abandonada se transforma en un viaje brutal por la supervivencia. Junto a un grupo de sobrevivientes tan dispar como implacable —la frialdad de la doctora Clara con su escopeta, el poder de fuego de Max con su lanzacohetes, el estilista Yorman disparando un fusil militar, y la inocencia bajo fuego del pequeño Mateo—, cruzarán barricadas militares y emboscadas de infectados veloces a bordo de un Jeep blindado.
Desde las cumbres frías y la vegetación profusa de Monagas hasta la desolación de la costa de Sucre, se enfrentarán a pueblos fantasma, cadáveres resecos y al horror absoluto. No hay refugios. No hay rescates. El destino es inexorable, y el desenlace tendrán que construirlo bala a bala en un mundo devastado donde la única esperanza es encontrar a otros seres humanos. Porque cuando la extinción acecha, la luz solo se mantiene viva si se comparte.
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