No me lees poemas, ni me confiesas secretos, ni me cuentas tus pesadillas nada más despertar. Ya no te complaces en complacerme, ni me acaricias, ni me das besos, ni me susurras en el sofá. Ya no me lames, ya no me hueles. Ni me dejas notitas en el buzón. No gritas mi nombre en la madrugada, ni me avasallas en un rincón. Ya no me cantas, ni me haces cosquillas, ni me metes la lengua hasta la campanilla. No experimentas, ni me atormentas, ni me suplicas: ¡por favor! No queda amargura, ni sal, ni
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