Él no era el típico mujeriego; al contrario de muchos hombres, él había pasado parte de su vida buscando a su gran amor, dándolo todo a cambio de nada. Entregando el corazón para luego recibirlo roto, incompleto. Pero llegó un día —pese a ser un fiel creyente del amor verdadero—, esto ya no tuvo mayor significado, ya que, el dolor de una última traición lo desgarró desde lo profundo. Entonces, se juró a él mismo que nunca volvería a amar y que nunca le entregaría de nuevo su corazón a una mujer.
Ella era fría, calculadora y era movida por una sola emoción: el deseo. Desde su juventud ella jamás supo qué era el verdadero amor y no le importaba conocerlo u encontrarlo. Pues luego de ser testigo en cómo su madre había sufrido años por los maltratos e infidelidades de su padre, se juró a sí misma nunca enamorarse, nunca dejarse mancillar por un hombre.
Pero la vida los hará encontrarse, envolviéndolos en un juego donde el deseo y la pasión son los únicos invitados. Donde ninguno tiene intenciones de dar más allá de lo debido y de lo esperado. Pero… ¿será solo deseo lo que hasta el final ponderará?
Nunca digas nunca…
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