ADRIÁN SANTANA (44), inspector de élite del Grupo de Rescate e Intervención en Montaña, lleva tres años anclado en el mismo instante: las 14:32 del día en que tomó la única decisión posible en el Barranco de las Peñitas —extraer a un niño de once años de una repisa a dieciséis metros antes de que el protocolo lo autorizara—, salvándole la vida y condenándole el brazo para siempre. El reloj analógico de cuero que lleva en la muñeca izquierda, con el cristal fisurado, se detuvo en ese momento exacto y no ha vuelto a funcionar.
Tres años después, Adrián y su compañero TOMÁS HERRERA participan en La Ruta del Fuego, una ultramaratón de montaña que atraviesa el corazón volcánico de Fuerteventura, cuando una Calima Nivel 3 —tormenta de polvo sahariano que anula horizontes, GPS y señal de radio— los separa en mitad del malpaís. Solo, sin referencia visual ni tecnológica, Adrián desciende a un tubo de lava subterráneo donde encuentra a ELENA VARGAS (28), una instructora de montaña de Granada que corre sola y lleva, atado a la correa de su mochila con cinta negra, un reloj de bolsillo de latón también detenido a las 14:32.
En la oscuridad absoluta del tubo, mientras la tormenta arrasa el exterior y la batería del único foco agoniza, los dos supervivientes comparten el silencio de quienes llevan el mismo segundo paralizado sin saber que el otro también lo lleva. Lo que ocurre en ese espacio subterráneo no es un rescate: es la primera vez que Adrián pronuncia en voz alta la verdad que lleva tres años callando, y la única oportunidad de que el reloj vuelva a funcionar.
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