En Eritrea, cuando las niñas como Arisa comienzan a
sangrar; sus pies son decorados con zapatos que visten de
joyas y cascabeles que sirven de aviso. Esos cepos,
confeccionados manualmente por los hombres de cada casa,
hacen que los choques de las suelas contra las calles
empedradas, sean la señal que da inicio a la caza. Y el padre
de Arisa, tiene por profesión zapatero.
Arisa, el día de su nacimiento, ya lloró nada más escuchar
los cascabeles que en un futuro la identificarían como
“sonajero” cuando comenzase a menstruar. Junto con ellos,
recibió también un destino marcado por la negociación de su
padre y otro hombre. Destino al que Arisa irá acercándose
irrefrenablemente hasta quemarse. Pero no es una historia
nueva, ya ha pasado más veces.
En Eritrea también es costumbre de niñas, y mujeres, tejer
patucos para los recién nacidos. Y también es costumbre entre
las niñas; aunque más que costumbre es secreto heredado; el
llenar los patucos con arena en la que hundir sus cascabeles,
y que así estos no suenen. Esos cascabeles silenciosos, y la
curiosidad aun infantil, son los que llevarán a Arisa junto
con un reducido grupo, a explorar el harem. Porque, ¿qué es
aquello que se hace en un harem? Aunque Arisa le haya
insistido varias veces a Tarik, un muchacho algo mayor que
ella, este nunca ha querido desvelárselo. No hasta ahora,
que con el paso de Arisa a sonajero, raramente algo parece
haber cambiado, ya que será el propio Tarik quien le guía
hasta el interior del edificio.
Piel, sudor, piedras preciosas, frutas, gestos
contradictorios que Arisa no comprende. Y entre todo eso una
cara femenina de ojos verdes que le resulta familiar…
Pero todo acaba muy rápido, el misterio se desvela perdiendo
su magia y el destino irrumpe ferozmente.
Tarik siguiendo el ejemplo de su tío y persiguiendo su
aplauso, ha terminado por llevarle, hasta su guarida, a su
nueva esposa. Arisa no lo sabe, pero es ella, su destino le
fue comprado a su padre cuando esta aun ni caminaba. Tarik,
culminando su gran obra, retirará los patucos de los
cascabeles de Arisa, desnudando su secreto. Sus cascabeles
quedan al aire; y suenan; y la delatan. Arisa es atrapada en
el harem donde, bajo el beneplácito de su ya marido, la
violaran grupalmente. Formando Tarik, y muchachos que Arisa
creía amigos, parte del infierno.
Para remarcar el destino imperante que, aun ocurriendo una
vez, pasa una segunda. Ni esa cara femenina de ojos verdes
que la reconoce como su hermana pequeña, es capaz de frenar
tan despiadado sino incendiando el harem que ella misma acabó
por regentar. Esa fue la respuesta que ella encontró para
canalizar, el ser marcada por el hierro ardiente, de un hecho
similar en su etapa de sonajero. Otra venta satisfactoria de
su padre.
La hermana de Arisa encuentra a esta, pero no las formas o
las palabras suficientes para remendar mínimamente lo
ocurrido. Arisa ni escucha, ni siente. Junto con el fuego
que no llegó a rozarla, pero sí a calcinar su razón, alma y
pureza; no quedan sonidos ni lecciones que calmen el vacío
de una vida rota.
Y cuando ni razón, ni alma quedan. Solo la venganza mantiene
a alguien vivo, venganza donde a veces reside la más suma de
las purezas. La venganza de un cascabel forzado que ya no
suena, pero que tras siete años; vuelve haciendo más ruido.
Marcando para Eritrea un nuevo destino.
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