Cornelia, está harta. Harta de sus compañeros. Harta de las malas miradas. Harta de las injusticias de sus profesores. Harta de los comportamientos extraños de su ex-novio. Harta de las presiones de los estudios. Y sí, harta del instituto.
Desea salir de allí lo más rápido posible, y es que solo tiene que esperar un año más. Un simple año más y todo acabará. Podrá ir a la universidad, hacer su propia vida, conocer gente nueva, y limpiar finalmente su ambiente de hipócritas e insoportables que ve seis horas prácticamente diarias en aquel antro que alguna vez fue llamado instituto.
Y es un día, escuchando la mortal lección de profesor, cuándo por simple aburrimiento escribe su nombre y varias filosóficas preguntas en la mesa, que todo comienza.
¿Qué hará cuándo al día siguiente se de cuenta de que la han respondido? ¿Quién esa persona que parece comprenderla a través de unos simples mensajes escritos en su pupitre?
Y es que, qué ironía y excusa tan grande para el amor.
¿Quién dijo que estaba mal escribir en las mesas?
Mensajes de pupitre.
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