La tarde comienza. Ella escribe en la pizarra con un rotulador negro.
De vez en cuando gira su cabeza escrutando el fósforo aprobatorio de mis ojos, sobre la maraña de incógnitas que traza su mano de hada cartesiana. Entre la selva densa de su pelo reluce el fruto rojo de sus labios.
El seno, el coseno y la tangente son la triada sagrada de la trigonometría.
Sin embargo, la única tangente parte de mis ojos hacia la curva de su cuerpo arqueado. Una promesa de amor sin tregua sobre la pizarra b
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