El bulevar del centro comercial estaba bordeado por grandes maceteros de plástico de los que brotaban unos ficus altos y artificiales. Estas plantas con el alma de alambre eran autónomas y no necesitaba riego ni abono, aunque la gente debía desconocer esta cuestión, pues los maceteros solían estar inundados de inmundicias que escrupulosamente luego recogía el servicio de limpieza, justo cuando se cerraba el centro a los visitantes. De vez en cuando alguno de los limpiadores tenía la fortuna de e
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