«Muerta en vida», ese es el calificativo más frecuente que he recibido durante los últimos meses. Hablan a mis espaldas, piensan que no les oigo, ¡como si el dolor también me hubiera vuelto sorda! No me importa, nada me importa, sólo lamento no estar de acuerdo. ¿Muerta? Si eso fuera cierto no sentiría nada, no padecería la frialdad de esta pena helándome las entrañas y convirtiéndolas en escarcha quebradiza. Estoy a punto de romperme por dentro y ese “a punto” es la tortura de cada día. Mu
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