La vida de Erin suele ser un tanto monótona y gris, al igual que un melancólico día de lluvia. Al culminar su último año de preparatoria, decide que no quiere arraigarse y vivir toda su vida en ese pequeño pueblo en el que reside, y en un momento de incertidumbre y desasosiego, decide que se mudara a Los Ángeles, como una gran oportunidad de conocer a más personas y crecer en el ámbito de trabajo y estudio.
En su primer día de universidad conoce a muchísimas personas, unas con mejores intenciones que otras.
Erin no iba con la intención de entrar al gran abismo y cumbre del amor, pero como tal persona que no busca el amor, el solo llega, sin previo aviso. Tan inocente y honesto como la niñez, tan nefasto y vil como la adolescencia.
Decir que tenía pocas expectativas de su primer año de universidad era desatinar demasiado.
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