Cabizbajo y avergonzado, como un niño al que descubren haciendo trampas en un examen de colegio. Ya no había nada que yo tuviera que hacer allí, así que lo mejor era desaparecer haciendo el menor ruido posible. Había estado a punto de conseguirlo, ¡sí!, lo había rozado con la punta de mis dedos. Pero, de repente, el tiempo se había esforzado y era tarde. El reloj avanzaba veloz, burlándose de mi maldita mala suerte. Era tarde… Allí la abandoné, susurrándome una sonrisa en el vacío y dibujándome
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