Foto por Federico Jordá
Por lo que fuera, ahora que tenía el ansiado abismo bajo sus pies, no se atrevía a dar el salto. Los pensamientos enmarañados, que poco antes le empujaban a saltar, jugaban a volverlo loco en este momento, regándole la cabeza con un mar de dudas. Abajo le esperaba el abrazo rotundo del pavimento de hormigón; la misma tristeza insondable le aguardaba, como cada día, si no daba el paso adelante. "Sólo un paso y ya está", se dijo.
-Perdone, ¿me ayuda a cruzar al otro lado?
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