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2310095526261
Joder, qué suerte tengo
10/09/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/N/nosesicon.pdf No sé si con ello voy palante o patrás, pero desde hace un tiempo – «tiempito», mejor, porque es demasiado corto para mi gusto (y bien que lo lamento, la cortedad, quiero decir) – vengo eligiendo no discutir, no enfrentarme ni pelearme con los demás. Tal vez por puro egoísmo – que no sé si debiera preocuparme por ello, y me lo consultaré – reservo todas mis fuerzas y lo que entiendo «mi mejor saber hacer» (y que lo mismo es el peor, pero vaya usted a saber) – sólo me enfrento, discuto y me peleo conmigo misma. Unas veces gano, y me pongo muy contenta; pero, como es muy natural, en otras no pocas ocasiones pierdo y, entonces, después de la rabieta – que a quién le gusta perder, puestos a ser sinceros – también me pongo contenta porque me digo, o entiendo, que, pues, oye, eso debe de ser que ha ganado el mejor. Y me vuelvo a preocupar y a preguntarme si no será que me estoy haciendo trampa, porque viene a resultar que gano siempre. Pero, sea como sea, ¡joder, qué suerte tengo! 15 de diciembre de 2020 Sin etiquetar
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2310095526216
La futilidad del lenguaje
10/09/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/L/lafutilidadelenguaje.pdf La palabra y su utilización es uno de los mayores ―por no decir el principal, aunque me quedo con las ganas― focos de conflicto entre los humanos, y causa de confrontaciones a veces enormemente enconadas. La palabra con sus matizaciones, sus inflexiones, sus entonaciones, sus acepciones, prestándose ―o exigiendo― constantemente a que se la interprete, es una eterna zancadilla que la vida tiende para hacernos caer en la trampa que ella misma, la palabra, antes de pronunciada, aun sólo pensada incluso, nos tiende bajo el pretexto engañoso de que sirve para comunicarse y entenderse. Cuando hablamos, en general cuando nos comunicamos ya sea oralmente o por escrito, sólo hay dos posturas de las que partir o en las que apoyarse; la objetividad y la subjetividad. La objetividad no ofrece apenas problema. Con objetividad estoy pensando, por poner un ejemplo y que es lo primero que me ha venido a la cabeza, en los Principios de la Termodinámica. Que lo busco en internet, a ver qué es eso, y si bien no entiendo una palabra de lo que leo, entiendo sí que si la afirmación de que la energía ni se crea ni se destruye sino que tan sólo se transforma se corresponde de manera fehaciente con el comportamiento real de la energía y está, además, comprobado que es verdad ― y que parece ser que lo está―, ella, la energía, se va a seguir comportando del mismo modo tanto si me lo creo como si no me lo creyera. De modo que no tengo nada que objetar ni que decirle ni a la energía, ni a sus leyes, ni qué rebatir a quienes sosteniendo con conocimiento de causa que las tales leyes son esas y no cualesquiera otras tratasen de convencerme. Y que me convencerían. Es más, me tienen convencida. Entiendo así que quienquiera que me abordara en plena calle ―estoy fantaseando― y me dijera, señora, voy a enunciarle las leyes de la termodinámica, no estaría persiguiendo al recitarlas objetivo más personal o interesado que el de dejar constancia de que se las sabe; que podría ser un objetivo pueril, si se quiere, un alarde de “vea usted cómo soy persona instruida”, un pecado de vanidad pero inofensivo y muy pequeño, nunca pecado grande, Capital, de Soberbia, ni atentado contra el mandamiento de la ley de Dios que reza “no darás falsos testimonios ni mentiras”; no estaría habiendo en esa persona voluntad ―o yo al menos no la estaría percibiendo― de entrar en tipo alguno de desacuerdo conmigo, y no me pondría en guardia ni me incitaría a elaborar un argumento que esgrimir para contradecirla. O el Teorema de Pitágoras que, te pongas como te pongas y al margen de quién te lo cuente o de los intereses que lo guíen, siempre que eches mano de un triángulo y halles el cuadrado de la hipotenusa te va a demostrar ―te guste o no y aunque patalees― que ese cuadrado de esa hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los dos catetos de ese mismo triángulo. O el de Tales. O el Principio de Arquímedes. Que lo busco también en internet, y si bien en las fórmulas no me detengo gran cosa porque me entra como que mareo, tiendo a creérmelo porque tengo no sé qué sospecha (algo que debí de aprender de niña) de que si, por desconfianza tal vez, quiero verificarlo por mí misma tendré que llenar una bañera, hasta el borde, y meterme dentro, y cuando salga armarme de cubo y de fregona y recoger tantos litros de agua como mi cuerpo haya desplazado. Y ocurre que no tengo bañera y que aunque la tuviese el realizar el experimento me daría muchísima pereza ―por lo de la fregona mayormente―; y que no hacemos ni mi experimento ni yo ninguna falta porque para eso está ―bueno, estuvo― el propio Arquímedes gritando su célebre Eureka mientras corría desnudo por las calles de Siracusa montando ―apreciación sí subjetiva ésta, por mi parte, pero doy en pensar que objetivamente no descabellada― un número que debió de ser bastante pintoresco, o no, dependiendo de cómo fuesen en el lugar y en la época los conceptos de decoro y de recato. Y lo mismo, en lo que concierne a la objetividad, sucederá a la hora de dar o recibir respuestas a preguntas tales como si la Tierra se mueve o no se mueve o si es ella la que gira alrededor del Sol o el Sol alrededor de ella. O si media docena (de huevos, por ejemplo) es lo mismo que tres pares (de los mismos). Con la subjetividad y todo cuanto está sujeto a ella, la cosa se complica inevitablemente. Basta que en un grupo de amigas que se juntan para pasar la tarde chismorreando o jugando al julepe se le ocurra a alguna preguntar, así, de pasada, cómo cocinar la ternera a la jardinera y a otra se le ocurra apuntar que un poquito de zanahoria le da muy... Sin etiquetar
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2310095526025
La mecedora
10/09/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/L/lamecedora.pdf Era un hombre con una sombra caediza, ciega, vehemente y errabunda porque en su interior moraba una mecedora vacía que se negaba a ni tan sólo dirigirle la palabra más allá de muy, muy ocasionalmente y siempre bajo condiciones muy especiales, con disimulo y como queriendo dar a entender no haber reparado en su presencia, alguna pelotita de papel como jugando que, procuraba, pasara cerca, lo más cerca posible de su hombro o de la punta de su nariz, pero sin causarle un daño que, lo sabía, habría resultado irreparable porque ― se preguntaba con cierta frecuencia ― ¿quién podría reparar un daño semejante? Alguna vez, mientras el sol caía, se planteó detenerse a pensar, cavilar, tallar, pulir, la posibilidad de formular a sus vecinas, las de los otros, la pregunta de si conocían o tenían aunque fuese muy remota e incluso casi inaccesible noticia que fuese posible ir a buscar aunque hubiera que montar en globo de no importaba qué artesano que accediese a, cediendo a ruegos y aun si se hiciera necesario a sobornos, provisto de sus conocimientos y de su caja de herramientas venirse hasta su desasosiego y desasirlo, quitarle los anclajes con delicadeza y liberarlo para ― separado de ataduras ni de vínculos que pudieran con la manipulación afectar a otros duelos ― aplicarle los remedios pertinentes y volver a colocarlo allá donde debía doler con nuevo y remozado brío o, caso de que no resultase viable andar derrochando tanta contemplación y tanto mimo, arrancarlo, de cuajo y sin más, y asunto terminado. Pero ninguna de las promiscuas, desvergonzadas veces que se le quisieron mostrar como la más deseable y seductora de toda una larguísima hilera de ocasiones que desfilo ante su mirada brindándole la oportunidad de detenerse resultó de su agrado ni excitó su deseo de utilizarla para labor tan esmerada como lo había de ser, sin duda, la elaboración de un planteamiento tan fino y tan preciso como tenía que serlo la cavilación, talla y pulido de una posibilidad que se adecuara a la formulación de una pregunta tan expuesta a ser mal comprendida bajo la solanera y, por tanto, inadecuada o erróneamente respondida. Había, por tanto, que pensar en otra cosa o urdir otro plan menos viable o no tan susceptible de ser llevado a cabo y rematado, finiquitado, aniquilado y consumido y arrasado y arruinado por la presencia de ― dudo en su tribular si sería oportuno el conceder a su aflicción un toque de poesía, pero cedió ― quién podría saber qué ignota inesperada presencia de nubecilla aviesa que, inoportuna y henchida de arrogancia si no y puestos a las malas de algo mucho peor, embargaría todo su tan mutable, huidizo y vulnerable ser de redoblada aprensión. Así que, de detenerse, nada. Nada por propia iniciativa o a simple voluntad a menos que; pero los dioses no parecían predispuestos a ofrecer su perfil más amable o, viérase ― a quien quisiera mirarlos ― los rosales con toda su cohorte de espinas aguardando, taimadas, amenazantes recostados contra el muro de poniente agazapado a las espaldas de aquel… ¿monstruo? Y, en cuanto a las vecinas… “¿qué vecinas?” ― rezongó, en tono desabrido cargado de recriminación con comentarios añadidos de la índole de ‟sabes de sobra que siempre fue un viejo solitario e intratable y…” Pero mejor dejar eso y aplicarse a seguir con lo suyo; sus pesquisas para encontrar antes de que fuera demasiado tarde una solución, vía de escape, algo. Y el sol seguía cayendo. Y el maldito muro aproximándose. Hizo otra pelotilla de papel e iba a lanzarla, con intención esta vez de dar en el blanco, pero… Convenía no precipitarse, conservar la serenidad mientras hubiese tiempo y, luego, si todo fallaba, ya vería… “Porque, vamos a ver ― se preguntó ―, ¿qué ganas tú con despertar al monstruo?” Y se explicó con muy buenas razones y un derroche de argumentos bien sentados que, si el monstruo no despertaba con la que estaba cayendo a aquellas horas de aquella tarde de aquel hermoso y tan radiante día y se marchaba a otra parte ‟tú ― para sí ― no vivirás para contarlo” porque, como era de esperar, se marcharía a otro lugar más o por lo menos no tan… ‟Claro que «mañana será otro día», dijo Escarlata O´Hara”, meditó. Se sopló los pelos del flequillo pegados al sudor de la frente y siguió con sus cábalas considerando, ahora, qué sucedería si el monstruo no despertaba. Si el monstruo no despertaba ― recordó los rosales ― la amenaza se haría más cercana, más inminente a medida que la tarde avanzaba ‟y tú no tienes gana, ¿verdad?, de ver tu integridad torcida, ladeada, espachurrada contra el muro recalentado y surcada de los arañazos en que se prodigarán inclementes las malvadas espinas”. Y no, no tenía gana. Y porque no tenía gana se animó a tomar... Sin etiquetar
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2310095525967
Mamá, croquetas como las de Aurora
10/09/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/C/croquetas.pdf No he comido en mi vida croquetas como las de mi vecina Aurora. Yo le rogaba a mi madre “mamá, croquetas como las de Aurora”. Y mi madre se ponía, pero… Todos conocemos a alguien que es el mejor en algo, y cuando necesitamos o queremos algo que queremos o necesitamos que sea lo mejor dentro de su Algo daríamos algo por tener a mano a ese alguien que es el mejor, sin importar poco ni mucho sus carencias en otras habilidades o saberes ni, incluso y aunque sea, echar cuenta de su ideología ni de su religión ni del color de su piel. A veces pienso cosas disparatadas como que quien quiera hacer las mejores croquetas busque a su correspondiente Aurora y se presente “vengo a ser tu aprendiz”. Si no existiera una educación oficial, estatal, reglada – otro disparate, sí –, y no viviendo en la selva como Tarzán ni en una isla desierta como Robinson sino en un entorno, como los que solemos, en los que hay tanto de todo entre lo que elegir y no menos de entre lo que rechazar, ¿no encontraría cada cual aquello en lo que ser el mejor? No haría falta que nadie lo instruyera en que para su “algo” necesitaría en mayor o menor medida una infinidad de otros “algos” que se avendría a aprender en la medida justa y necesaria (sin tener que ir de sobrao; pero si le sobra y no le pesa, pues tan contento) porque, él solito, se daría cuenta de que para lograr su objetivo le es imprescindible saber leer qué otros antes han escrito al respecto, y saber calcular – medidas, distancias, decibelios, proporciones (x cucharadas de harina e y de azúcar por z huevos) –, y a qué reglas conviene recurrir para saber calcular, y saber escribir para dejar constancia y que el que venga después y quiera saber de lo mismo se encuentre ese paso ya hecho; y a saber razonar, y a saber discurrir, y a saber descartar qué no le sirve, y por qué le sirve o no le sirve y qué pretende, y para qué lo pretende… Y se acabaría encontrando, así, como el que empieza a tirar al tuntún de un padrastro, sin premeditación ni haberlo buscado (o sin saber si lo buscaba), haciéndose quién sabe qué planteamientos del para qué de sus afanes, y del para qué de su propia existencia, y de los paraqués de los afanes de otros y de las existencias ajenas, y del Mundo, y del Universo y del Cosmos… o al revés, que nunca sé Cuál es el que va dentro del Otro. ¿No es algo inherente o consustancial al ser humano? Y todos viviríamos felices, contentos de ser el mejor en algo que alguien querrá o necesitará para algo. Contentos de saber que siempre que queramos o necesitemos lo mejor de algo sabremos dónde o cómo encontrarlo o – si no sabemos ni el dónde ni el cómo, que pudiera ser – cómo o dónde aprender a buscarlo. O cómo o dónde aprender qué se sabe y qué no. Pero ahí me paro. Que qué estrés me traigo, de verdad y, cuando es mucho, me gusta a mí decir que me parecen cuatro. 15 de junio de 2017 Sin etiquetar
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2310085511307
Palabras
10/08/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/P/palabras.pdf La señorita Acracia las detestaba. Decía que todo lo lían y todo lo embrollan y que son, en definitiva y conclusión, unas biliosas; unas amargadas enredadoras que con sus una que si aquí me alargo, otra que si allí me elevo, aquella que si me quedo en suspenso, la de más allá saturada de ironía y aquella otra con cara de mosca muerta haciéndose la tonta con su tono inocente, eran todas muy falsas y muy engañosas y que no debiéramos las personas de bien tratarnos ni con ellas ni con sus sílabas ni con sus acentos ni con sus mayúsculas ni con sus diéresis ni con su nada. Que lo decía, con poquísima delicadeza, sin cortarse ni un pelo delante de ellas mismas, que allí, con sus vestiditos y sus pamelitas con puntillas, aguantaban en fila y orden alfabético el chaparrón lo mejor que podían haciendo, las infelices, verdaderos esfuerzos para no venirse abajo y deshacerse en lágrimas aduciendo — entre moquear y muchos hipos que no servían más que para irritarla aun más hasta el punto de sacarla de sus casillas y gritar ‟ ¿pero os dais cuenta de cómo no callan?” — que ellas no eran responsables de su ser y sólo víctimas desdichadas de ‟nuestro propio karma” que habrían de soportar, se lamentaban, mientras el mundo fuera mundo. Al final tenía que venir el director y hacerla entrar en razón ‟porque, Acracia, entiéndalo, necesitamos aun con todos sus defectos las palabras”; y a regañadientes la señorita terminaba por ceder y, ‟bueno, que se queden” pero, que por favor, no quería una sola insubordinación entre las esdrújulas, ni ninguna pálida entre las llanas ni que, entre las agudas, se le colase de rondón o de perfil ninguna flaca. Sin etiquetar
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2310065497010
Pensar deprisa
10/06/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/P/pensardeprisa.pdf Que qué estoy pensando, me pregunta Facebook siempre que entro. Y me pongo a pensar muy deprisa qué puedo decir que estoy pensando que cause buena impresión y me haga quedar bien, y no como un zoquete o una pretenciosa que dice pensar algo elegante que en realidad no piensa. Pero, como no se me ocurre nada, pienso, ya sin preocuparme de quedar bien o mal ni pensar en qué pienso, en qué se piensa cuando nada ni nadie le pregunta a una qué piensa. Y que a veces, pienso también, sí que es verdad que pienso algo que pienso "mira, esto es bonito y podía escribir en Facebook que lo estoy pensando". Pero me suele pillar en la cola del supermercado o, peor aún, en la manicura. Y pienso que es injusto, y que es una lástima desperdiciar pensamientos bonitos y perder, además, la ocasión de lucirse. Eso es lo que pienso cuando entro en Facebook. Pero parece ser que Facebook no se entera. Que la próxima vez que entre seguro que me lo vuelve a preguntar. Tendré que seguir pensando, aunque sea mal — y que lo mismo así, sin pensar y sin querer, sale bien —, para poder contestarle algo. Sin etiquetar
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2310065496969
Regreso a Argos
10/06/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/R/regresoargos.pdf Que entonces (1982) no se llamaba Argos. No tenía un nombre que estuviese digamos acuñado, un nombre por el que fuera conocido o pudiera buscarse en un Internet que aún no existía, si bien, en puridad, a día de hoy (2018) y existiendo hace ya algunos lustros internet sigue sin encontrársele, y si se teclea Argos en Google salen consultores, asesores, cafeterías, una óptica, pero Argos, Argos lo que se dice Argos nuestro Argos, no aparece por ninguna parte. Que, bueno, sí que tenía un nombre, en realidad, aunque también en realidad nadie lo conocíamos, o casi nadie; lo sé ― el nombre y que casi nadie lo sabía ― porque en una ocasión alguien preguntó si no teníamos nombre, y alguien le contestó que ADATY. A.D.A.T.Y, así, que recuerdo haberlo visto escrito alguna vez, y también, recuerdo, que eran las siglas de… Pero lo recuerdo mal, o regular, porque la segunda A no tengo claro si hacía referencia a “adaptación” o a “asimilación”; el resto sí, pero para decir inexactitudes mejor lo dejo así, sin desmenuzar. Lo conocíamos como “Altamirano”, y si en la calle te cruzabas con alguien que iba o que venía te decía o le decías “vengo de Altamirano” o “voy a Altamirano”. Altamirano era un primer piso, o quizás más concretamente entreplanta, interior de no llegaría a 100 m2 con moqueta azul raída y un pasillo largo con paneles ― como de formica o algo así ―que habían dividido al parecer lo que con anterioridad fuesen las distintas estancias de unas oficinas y que luego, entonces, cuando ya era Altamirano, ahí seguían, delimitando lo que había pasado a ser dos despachos, dos vestuarios, una sala de trabajo (llamada “la grande”) a mano izquierda y otra (llamada “la pequeña”) a mano derecha; pero la pequeña apenas se utilizaba, casi nadie iba a ella, y terminó desapareciendo cuando tras una “remodelación” (la moqueta siguió igual de azul e igual de raída) los despachos se cambiaron de sitio y lo que había sido (creo) vestuario de caballeros se anexionó la que había sido la grande y, ahora, era pues más grande. La nueva distribución tenía el encanto añadido de que tanto la sala como los despachos daban a un patio de luces estrecho (puede que de no más de un metro) por el que, en las últimas horas de la tarde de primavera y verano, con las ventanas abiertas, nos llegaba puntual y precisa información de las discusiones de la vecina de enfrente con sus vástagos, y de qué iba a darles de cenar (por el olor) y porque oíamos cómo batía huevos con ese ritmo regular y enérgico con el que baten huevos todas las amas de casa como Dios manda que han sido de toda la vida de Dios amas de casa. A esas mismas horas, las últimas de la tarde ―en toda estación, ahí no hacía falta esperar a primavera ni a verano ― se apreciaba bastante menos la moqueta azul y lo raída que estaba; en realidad apenas si se veía de tan abarrotado como estaba el pasillo, que no cabía una aguja, envuelto en la encantadora (y acogedora) humareda de los cigarrillos de los que, en corro en derredor de Romualdo ― o de cualquier otro, si bien en verdad el que más escuchantes congregaba era Romualdo ―se enteraban (nos enterábamos) de historias prodigiosas del descubrimiento de América, o de los griegos y de los romanos, o de los atlantes y las Atlántidas… Hoy Argos ya es Argos, y lo conocemos como Argos ―aunque en Internet no se lo encuentre cuando en Google se teclea Argos ―. Y es amplio y bonito y mejor iluminado. Y ya no escuchamos a la vecina departir con sus vástagos ni batir huevos para las tortillas francesas de la cena sino que, por la parte alta de las ventanas desde la que entra la claridad de la calle, se ven las piernas de los transeúntes de manera que siempre, desde que he llegado, me hace pensar no sé por qué el Mito de la Caverna, si bien, y tampoco sé por qué (o sí, pero eso no voy a explicarlo), pienso que los que están en la caverna son los de fuera. Escribo “desde que he llegado” en lugar de “llegué” porque, a diferencia de todos los demás que sí llegaron hace ya unos años (quince, creo) y se fueron habituando poco a poco a los cambios y a través de los diferentes traslados ― Martín Machío, pero sólo fui un par de veces, separadas, de forma ocasional y no tengo vivencias ni recuerdos ― he llegado hace nada más unos meses. Es quizás por eso que recuerdo con nostalgia Altamirano; pero imagino que eso es normal, que también cuando llegué (ahora si encaja llegué, hace treinta y siete años) otros recordaban Huertas ―que cómo sería Huertas, para que saliesen ganando con el traslado ―con la misma nostalgia… Sin etiquetar
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2310065496815
Segundo intento
10/06/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/S/segundointento.pdf Empecé mi segundo intento de clases de teatro hace poco más de un mes. Ya había hecho otro el curso pasado, pero a la segunda clase abandoné. No me sentía con fuerzas para falsearme tanto, para simular creerme a mí misma en gestos y actitudes que no eran míos. Pero luego, ahora, he querido ver las cosas de otra manera. Entender que falsearse (como yo digo) es tan sólo una forma de sobrevivir, y que mi verdad (o lo que reconozco como mi verdad) es únicamente asunto mío, que no tiene por qué afectar ni interferir en mi relación con un mundo que en absoluto necesita ser entendido ni tolerado por mí para seguir girando. Y, bueno, la cosa no ha empezado mal. Incluso estuve a gusto, o muy a gusto, en las dos o tres primeras clases, aun a pesar de que el texto que manejábamos era de Lorca. El miércoles pasado la situación apuntó indicios de complicarse cuando me enteré de que el trabajo giraría en torno a la homosexualidad. Los días anteriores no lo había notado; y no me causaba desazón alguna que me dejasen del todo indiferente las palabras, los diálogos que manteníamos y aunque me pareciesen del todo absurdos; a mí lo disparatado siempre me ha atraído; es más, considero que sólo lo disparatado y absurdo rompe, un poquito al menos, con la vulgaridad insufrible de la cotidianidad. El miércoles pasado me enteré de que se trata de El público, obra que yo alguna vez había oído nombrar, sí, pero que desconocía por completo. Entonces La profesora habló de la homosexualidad, y pidió a dos de los alumnos (hombres) que actuasen como enamorados. Y habló de la homosexualidad y de las relaciones amorosas entre hombres en un tono aquiescente, elogioso incluso, que entra en abierto conflicto con mi manera de sentir. Permanecí sentada y callada, como todos, simplemente mirando cómo ellos actuaban. Lo hacían con elegancia, no voy a negarlo, y en las actitudes no había (por supuesto) nada absolutamente obsceno, pero… Y nos pidió que leamos la obra. Aún no la he recibido, pero la he encontrado en pdf en internet. Y la he leído, sí, entera. Y aunque el texto no me gusta no he sido capaz de darme cuenta de que haya homosexualidad en ella; o tal vez es que ella, La profesora, quiere como directora darle ese matiz. No lo sé… Desde mis primeros y ya muy lejanos contactos con el teatro de Lorca, cuando de muy joven, adolescente, en realidad, asistí al teatro con mis padres a ver Bodas de Sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma… Yerma, más que cualquiera de las otras, me resultó especialmente desagradable. Cuando ya de mayor tuve unas nociones un poco menos imprecisas de qué son el sexo y la sexualidad, me vino algunas veces a la cabeza Yerma; y, a la nariz y sin saber por qué, un repugnante olor a esperma. Así que, en esas estamos. Lorca, El público y la homosexualidad. Y me pregunto, con un nudo en el estómago, cómo saldré de esta. Pero, ya digo, debo mentalizarme, meterme en el “papel” de alumna que asiste a clases de teatro. Y limitarme a hacer lo que se me pide, y poner toda mi voluntad en hacerlo no ya lo mejor que pueda, sino bien… Bien porque ya es hora, a estas alturas de mi vida, de que aprenda a dejar de complicármela y de sentirme sucia, sí, sucia, cuando miento. Bien, también, porque para ser coherente con mi obsesión por el perfeccionismo no me puedo conceder la licencia de hacerlo de otra manera. 25 de noviembre de 2019 Sin etiquet
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2310065494699
Tan diferente
10/06/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/T/tandiferente.pdf Miraba con obstinación hacia abajo, sin apartar los ojos del jaspeado de su falda como si en las motitas blancas del tweed fuera a encontrar alguna respuesta. – Son cosas que nadie tiene derecho a hacer. Dijo. Y seguía dando vueltas al anillo en su dedo índice. El anillo que le vi por primera vez a los pocos días de haber dado por finalizada nuestra amistad y ya nunca pude saber cuál era su procedencia, cómo había llegado a ella o quién se lo había regalado; porque lo que con toda seguridad era fijo es que ella misma no se lo había comprado. Sí, dinero gastaba, el que tenía, claro; no más. Pero nunca lo empleaba en adquirir cosas, objetos que no fueran susceptibles de ir envejeciendo o de ser víctimas del deterioro propio del trascurrir del tiempo. Quiero decir ni joyas, ni muebles, ni un jarrón ni cualquier otro de los enseres de que más o menos todo el mundo se va poco a poco proveyendo por la sencilla razón de que es bonito, o quedaría bien en tal o cual rincón, o por si algún día no tengo dónde poner unas flores. No. Flores, varias, un ramo, nunca lo tenía; alguna vez una flor, una, una rosa y esa la ponía en un florerito pequeño — sí, un florerito, tenía un florerito — que andaba por la casa desde hacía años, pero de no haberlo tenido la habría puesto sin sensación ninguna de carencia en un vaso. Muchas veces, mirándola de lejos, caminar por la calle, por ejemplo, me preguntaba yo qué pensarían de ella quienes nada más la vieran sin conocer datos de su realidad tan distorsionada y subjetiva, tan diferente si se la consideraba desde su propia evaluación o desde la evaluación mía a pesar de que no miento si aseguro que la conocía. –Volvía a casa, a primera hora de una tarde de agosto. Contaba. Y que al oír pasos a su espalda miró hacia atrás y la pedigüeña se le acercó ‟con ese gesto repulsivo que ponen con intención de dar lástima” y le pidió dinero. – No se lo di. Ella insistió y anduvo a mi lado unos pasos. Que entonces se paró y le dijo únicamente ‟déjame”; y la otra la mandó a la mierda y se alejó vociferando “gilipollas”. – La hubiera matado — dijo —; esas son las cosas que me hacen sentir odio y comprender que haya quienes lleguen a matar solamente por indignación y por desprecio. Que mucho se habla en el mundo de agresiones e injusticias, pero que si no es agresión que vayas caminando, sin meterte con nadie, y un ser grosero y zafio se sienta con derecho a abordarte, pidiéndote algo que no tienes ninguna obligación de darle, y porque se lo niegas te insulta. – Te digo de verdad que vivimos en un mundo horrendo. Y lo más espantoso de todo es darse cuenta de cuánta ira puedes sentir sin haberla buscado. Así, sin saber ni cómo. Y los dedos se le crisparon sobre la falda y repitió con rencor que la hubiera matado. Que la hubiese golpeado hasta hacerle saltar sus asquerosos sesos sin sentir pesadumbre ninguna. – Aquel ser despreciable estaba indignado contra mí por unas monedas que eran lo que ella quería y yo le negué — jugaba de nuevo con el anillo y sonreía triste — y yo estaba furiosa porque una desconocida que nada me importa tuviera acceso, así, tan limpiamente, a convertirme en una asesina…, sólo en potencia, claro, ya lo sé — suspiró y echó la cabeza hacia atrás —; pero es mi sentimiento lo que me preocupa, lo que me alarma. Y que ‟a ese guiñapo ya lo matará su propia vida sin necesidad de que me manche yo mis manos”. Y las alzó, sus manos, y las extendió frente a sus ojos con sus dedos muy abiertos y se miró las palmas. – Míralas — dijo, y le resbalaban lágrimas por las mejillas —, están limpias y la ley es así: si el daño que haces no se ve y tus manos permanecen limpias estas libre de culpa. Y añadió ‟es enloquecedor”. 6 de diciembre de 2017 Sin etiquetar
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2310055486499
Todos claman
10/05/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/L/loshombresylas.pdf Los hombres y las mujeres, los niños y los ancianos, los que hablan lenguas dispares o la de la madre patria, todos claman a sus dioses, a sus hijos y a sus padres, a los que los desgobiernan y a los que quieren cerrarles caminos por los que encuentren la senda por la que hallen las verdades que conmueven al mundo y sus habitantes reclamando a grandes voces o a pequeñas andanadas que los dejen, por favor, de monsergas y mandangas y les permitan tan sólo vivir cual les dé la gana de pensar y de expresarse y de razonar la parva conclusión a la que arriban los que creyéndose casta de elegidos y de insignes adalides de la nada los arrastran por el lodo y les niegan la muy ansiada libertad en que se escudan para desterrar, cansada, la ilusión por desasirse de tanta tontuna insana como los tiene sumidos en ignorancia tan rala que les impide la vista, cual la del bosque las ramas, de un otro lado más grande, más limpio y más despejado de personajes nefastos que arruinan lo que se dice entender por democracia. 20 de marzo de 2011 Sin etiquetar
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2310055486420
Una mañana resuelta
10/05/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/U/unamananares.pdf Una de esas mañanas frías de invierno, de cielo plomizo, y el sonido del tráfico amortiguado como si todo estuviera envuelto en algodón que, sólo había que mirarlo, no era algodón porque, todo el mundo lo sabe, cuando decimos “algodón” lo pensamos siempre blanco y aquel cielo era gris. Pero nadie se fijó en el tráfico, ni en su envoltura; nadie reparó por tanto en de qué era ni de qué color. Y avanzó. La mañana avanzó. Pero nadie se fijó en su avance, nadie lo notó tan ocupados todos en atender a qué los movía, a ellos, a qué los llevaba de un lado a otro y a echar ocasionales ojeadas al reloj en la muñeca o en el móvil. Pero siguió, adelante, como si la indiferencia de los seres pensantes o aunque fuesen nada más sintientes – o al revés, pero no se lo planteó tan ocupada también ella – no le importara o su objetivo fuese tan urgente que no le diera margen para la menor distracción. Y sí; logró, aun con esfuerzo tan indecible que para qué – pensó – tomarse la molestia de expresarlo, abrirse paso hasta un cielo abierto, en canal, de parte a parte bajo el pretexto de que – según relataron los desocupados que sí podían permitirse el lujo de perder su tiempo y sus energías en explicar qué habían escuchado de los expertos, de los enterados, de los que libres de culpa sobrevolaban con idénticas desenvoltura y ligereza el bien que el mal – requería una intervención de inmediato, a vida o muerte. Y lo miró. Después de haber llegado hasta allí venciendo tanto obstáculo, tanta grisura, se sentía obligada a, aunque fuese nada más por gratitud, dar satisfacción a qué de forma del todo desinteresada la movía; y por eso miró, al cielo, para ver cómo – sin un gemido, en un silencio tan profundo que hasta el ruido del tráfico, sabedor de que no había nada que ahogar, cesó – se desangraba en ríos de azul. 19 de diciembre de 2017
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El contador de historias
09/16/2023
Elena Ángeles Sauras Matheu
En una entrevista, una mujer nos revela el secreto de su éxito tras la publicación de su última novela.
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Libertad
09/03/2023
Francisco Albiac Samper
Poema loa a la libertad del poeta
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Quienes somos (versión 4)
08/31/2023
Las Carvajal
http://valentina-lujan.es/N/npver4.pdf La respuesta no parece, en un principio, que pueda resultar problemática; y, por consiguiente, ha de deducirse que por qué no iba a resultar sencillo el leerla. Lo que resulta sencillo, además, se hace prácticamente sin sentir y, como si dijéramos, casi sin ganas. Resulta, sin embargo, por otra parte, que el hacer algo sin ganas se hace penoso y el llevarlo a cabo nos llega a resultar tan antipático que, por ameno o divertido que sea, termina por antojarse árido. Conclusión: que para hacer algo sin ganas hacen falta muchas ganas… ¿No es contradictorio? La respuesta — a esta pregunta, la que queda justo en el renglón de arriba y no la que encabeza la página — sí parece, incluso en un principio, que puede resultar problemática y, por tanto o en consecuencia, pretender encontrarla aquí sería una auténtica bobada. Pero, usted, no es ni bobo ni boba… ¿verdad que no? Y, como ni bobo ni boba que no es, será, eso sí, muy capaz de retomar el hilo — “hilo”, fíjese, que se lo menciono así como que de pasada y por despiste para no herir aun sin querer su orgullo — de esta historia sin necesidad de tragarse algo que ya sabrá (por su propia experiencia o por haberlo leído en cualquiera de las otras versiones) de qué va. Le sugiero, así las cosas, que ignore alegremente todo eso de que no tiene uno, o una, o un hatajo — o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes — más que llegar y decir etcétera, etcétera, y se coloque, directamente, en la pista que tan generosamente le he facilitado y no es otra que… ¡El hilo! ¿Por qué no lo habrá perdido, verdad? Que a mí, entiéndame, me da igual; pero si lo ha perdido no le quedará más remedio que echar mano de la memoria para, a base de recordar, caer en la cuenta de que sería lo grave; porque el sentido común — ¡una cosa tan corriente! —, cuánto ni qué puede importar cuando, además, nos queda el propio, de infinitamente mayor enjundia y entidad. Y si lo hemos perdido, Dios no lo quiera, sí que la habremos liado porque nos pasará como, hace apenas unos días sin ir más lejos, nos sucedió a nosotros en nuestras propias carnes mortales cuando buscando… pues qué podía estar siendo, que así al pronto no caemos… Bueno, pues no sabemos, pero un destornillador... ¿Qué estábamos diciendo? Ah, ya: que para coger la pinza de la ropa con que sujetar el estor averiado del cuarto de estar y poder así abrir la ventana… Pero tampoco vamos a extendernos en eso porque, nos figuramos, quien más quien menos ya cuenta con sus trucos propios para abrir sus ventanas. Además, la ventana la terminábamos de cerrar; así que, la pinza… Bueno, mira: es igual. El caso es en resumidas cuentas que fuera por la razón que fuese buscábamos algo y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como ambrosía… Así: sin esperarlo. La dejamos hacer ― a la memoria ― y, con deleite, lo aplicamos ― el néctar, pero si tenemos que explicarlo todo nos dejamos de sofisticaciones y decimos, por poner un poner, que era lejía ― con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que, lejos de los lugares más o menos comunes que hoy se nos figuran tan exóticos, lejos también de sospechar siquiera que pudiera existir un “mañana” distinto de aquellos que se desperezaban en amaneceres tan iguales, éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Fuenfría ― que pero, bueno, eso es muy elástico… – ¿Elástico? ― Doña Consola ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? –Como muchíssssimo― acompañando su ese tan larga, la otra, con un movimiento amplio y lento de la mano. – ¡Vaya por Dios! ― cabeceando ésta como quien se contiene para no exclamar ¡lo que hay que oír! Y, girándose a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Ea ― doña Consola ―, no; Visitación. – ¿Pero cómo ― la Fuenfría ― que ea, no? –Pues como que no, sencillamente. –Mira, Consola, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede Quienes somos
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Rosa Reina
08/29/2023
Ana Isabel Castillo Martínez
Poesía en prosa
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Quienes somos (versión 8a)
08/28/2023
Emiliano
http://valentina-lujan.es/N/npv8a.pdf La Respuesta No parece, en un principio, que pueda resultar problemática… ¿Cuántas veces lo hemos dicho? ¿Cuántas que no tiene uno, o una, o un hatajo, o una multitud por aquello de no ningunear a género alguno de especímenes etcétera? ¿Cuántas que no hay mas que llegar y decir que somos Fulanito o Perenganita e hijos o hijas de tal y de cuál? ¿Cuántas que nos hemos equivocado pero que en un alarde de esto y de lo otro? ¿Cuántas que no volveremos a repetir obviedades? ¿Cuántas que hemos perdido el hilo buscando un destornillador o sacacorchos o abrelatas o biela para cigüeñal de motor de combustión? ¿Cuántas que perder el hilo sería grave? ¿Cuántas que dejamos a la memoria hacer lo que le diese la real gana? ¿Cuántas que la Fuenfría o Roncero menos corpulenta era, asimismo, infinitamente más paciente que la más corpulenta? ¿Cuántas, en conclusión ― y ésta es la última ―, que algunas tardes, sin que hubiese habido el menor indicio de que las cosas fuesen a torcerse, los planes se desbarataban? ♣ ¿A quién, solicitando detalles a veces peregrinos de tal o cual minucia que a ella se le pasase por su cabeza de cabellos canosos y sin brillo peinados en un pequeño moño en todo lo alto de la coronilla, gustaba mortificar a sus educandas? Quienes somos
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Del diario de Bernardina
08/25/2023
Prudencia
http://valentina-lujan.es/doc/diariodeber.pdf Debía de ser a mediados de la década de los cincuenta — del siglo XX, claro — cuando viví lo que se me iba a quedar en la memoria para siempre como el primer desencuentro sonado con mi madre. A juzgar por cómo recuerdo que era el barrio, con sus terraplenes y solares donde solíamos jugar, y el campito del canalillo y la calle Oquendo con su vivero en el lado izquierdo ― o derecho, en realidad, pues cuando construyeron le adjudicaron los números pares ―, y la paredilla blanca de los frailes en el contrario, yo no podía estar teniendo más de seis o siete años. Eran tiempos de escaseces y las gentes se las arreglaban un poco como podían, abasteciéndose de cosas de comer procedentes de sus lugares de origen, supongo, ya fuesen adquiridas allí o cultivadas y criadas en huertos o corrales de sus familias. El caso es que una vecina, a quien mi madre apodaba aunque nada mas utilizaba el mote dentro de nuestra casa y nadie más lo sabía la pelina, tenia, sobre el alfeizar de la ventana de su cuarto de baño, que quedaba justo enfrente de la de nuestra cocina, un animal desollado ―creo que era un cordero, o una oveja — nunca supe si crudo o en algo como salazón, del que iba cortando trozos un día y otro. Eran gallegos, ella y el marido – apodado como es lógico el pelín –, así que seguro que era una carne mucho más rica que la que mi madre adquiría congelada en el mercado un día fijo a la semana o, si ese día no tenía dinero bastante, se esperaba a la semana siguiente y comíamos mientras algo más barato. Una vez me peleé no sé por qué con la más pequeña de las pelincillas, que eran tres y, ésta, de mi edad o un poco menor, se llamaba María Jesús; y en la discusión recuerdo que le dije “mi madre dice que tu madre es una guarra porque pone en la ventana la carne sin tapar”. Al rato, o al día siguiente, o cuando fuera, la madre se quejo a la mía de haber dicho de ella que era una guarra —y hasta ahí todo en orden — por tender en la cuerda la ropa sin lavar. Esto era del todo inexacto o, si era cierto, mi madre no lo había mencionado jamás y, ella, mi madre, sin mediar dialogo ni pedirme ninguna explicación, me propino zapatillazos en el culo protestando que yo había dicho tal cosa a la pelincilla. Soporte los zapatillazos sin demasiada aflicción en la confianza de que cuando dejase de gritar y se aviniera a escuchar mi versión, que era la autentica, se calmaría e incluso me pediría perdón por los zapatillazos; es más, imagine que entonces seria ella quien se encarase con la pelina para poner las cosas en claro porque mi hija, y yo que soy su madre mejor que nadie lo sé, y que se enteren muy bien enteradas y para siempre usted y todas sus pelincillas, no ha dicho una mentira jamás… Cantándole ― me la imaginaba yo en el descansillo muy cargada de razón y amor materno echando chispas por sus ojos verdes ― las cuarenta a la madre de tamaña lenguaraz. Pero cuando hablé sucedió que no me atendió, o no me entendió, porque no tomó en absoluto en cuenta la diferencia tan abismal entre ambas versiones y lo que hizo fue volver a la zapatilla en cuanto abrí la boca. Entonces sí que me quedé perpleja y dolida, porque si la versión primera estaría siendo una calumnia que no se debía consentir ni tolerar, la versión segunda, es decir la mía, se ceñía como un guante a la realidad que cualquiera que quisiera asomarse a la ventana de nuestra cocina podría constatar con absoluta objetividad. Vamos, que habría yo podido entender, si ella me los hubiese explicado como Dios manda, zapatillazos por haber dicho algo que no debía salir de casa; vale ¡Pero zapatillazos del todo distintos de los anteriores y perfectamente diferenciada una tanda de otra! Porque, a mi juicio, lo que mi madre tenía que haber hecho tras prestar atención a mis explicaciones era pedirme perdón y darme besos amorosos y hacerme natillas o rosquillas por borrar la injuria de la tanda primera y, después, si quería, emprender un nuevo ataque basado en la pura verdad de lo sucedido. Ella, sin embargo, actuó del mismo modo ante la verdad que ante la mentira; y eso a mí me pareció del todo insensato. Otra tarde, calculo que más o menos por la misma época, el desencuentro fue con mi padre. Ocurrió estando en la cocina de casa — entonces se hacía mucho la vida en las cocinas — mi madre y yo y unas vecinas de a la vuelta, del sesenta, que decíamos de igual modo que ellos nos llamaban a los de mi portal los del ocho, que se llamaban Ascensión la madre y, la hija, la Ascen. Mientras las madres se ocupaban, sentadas a la mesa camilla, me parece recordar que en hacer chorizos ― compraban a medias todos los ingredientes para el picadillo, y la tripa por metros que rellenaban con un embudo, y el cordel para enristrarlos ―, la Ascen y yo jugábamos a algo inventado tal... Papeles
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Los folios han resultado ser cuatro
08/14/2023
Lola
https://valentina-lujan.es/alicia/losfolianresu.pdf que, aunque no sea lo que se pudiera llamar para tirar cohetes propiamente, podría usted decirle a su amigo {(llegado el caso, claro, que si el caso no llegase no sería necesario ni vendría al caso que me hiciera usted caso) tampoco está tan mal ― le diría, le digo, pero usted verá ― considerando que los escribí en un rato de nada como quien dice mientras llegabas, tú, y perdóname que te hable con tanta rudeza (si es que quisiera usted disculparse, que si no quisiera lo podría usted omitir si quisiese), si no tienes novia no vas, como es natural, con ella a ninguna parte ni dices estando con ella nada de nada, ni nunca pudiste expresar, ni ninguna camarera pudo oírte, deseo ni ilusión ninguna por tantas o cuántas página} que a usted lo habría dejado bastante satisfecho porque tenía la impresión de que su razonamiento estaba bastante bien argumentado, sin ningún cabo suelto, y que cuando en una argumentación no hay cabos sueltos que le puedan a uno jugar una mala pasada discurriendo por su cuenta por rumbos por los que para nada uno contaba, tiene uno, por muy mal que se pongan las cosas y si el uno no es demasiado torpe, recursos suficientes como para poder salir no digamos “triunfante” y cubierto de una gloria que vaya a trascender más allá de un puñado de siglos, pero sí lo bastante airoso como para mantenerse en los primeros puestos del ranking durante un par de temporadas, así que (continuaría usted, sin levantar la cabeza de los folios embebecido por el torrente de palabras que, afluyendo imparables a su mente, descienden irrefrenables a sus dedos, agarrotados sobre el bolígrafo que se desliza febril, volando, sobre el papel), lo siento en el alma y de verdad te digo que lamento el tener que expresarme con tanta dureza, pero tú solo te lo has buscad… – De acuerdo ― dice, de pronto (escribirá usted, para que el lector sepa que el que dice es su amigo), cortando con su tono cansino, desganado, el hilo de mis pensamientos (los de usted, como ahora es usted el que habla, y por eso escribe en presente) ahora que precisamente y por fin parecía que empezaban a encarrilarse por derroteros medianamente prácticos; y con una resolución que no concuerda con el apático “de acuerdo” anterior ―: el escritor, acuérdate, ahora soy yo. – ¿A qué viene eso? ― pregunto, (usted, en presente) soltando contrariado el bolígrafo ― Tú has sido en todo momento el escritor. – ¿De verdad? ― pregunta él (y usted puede escribir, para adornar la prosa, que lo mira entornando los ojos de forma que le recuerda a aquella vez en que los vio, usted, a ustedes dos reflejados en el espejo, cuando lo del puñetazo, aunque ahora ninguno de los dos sonría ni haya dedos clavándose en hombros causando el menor daño) ― ¿Puedes asegurar sin mentir que el escritor he sido siempre yo? – Pues claro que sí – le contesto (escribirá usted). – ¡¡Eso es mentira!! ― Clama. Y como si hubiera perdido por completo los estribos agarran los folios, y los arruga, iracundo; y los desgarra sin dejar de repetir “¡mentira, mentira y mil veces mentira!” cada vez más alto ― Mentira y la más vil y repugnante de todas las deslealtades porque a qué, si es que puedes explicármelo, viene si no aquel tu “y el escritor, acuérdate, ahora eres tú”. – Ah. Te refieres a eso… – A “eso”, sí. Y no lo digas con voz tan neutra, tan tranquilo como si no significase nada. A “eso” que es, ¡fíjate bien, so imbécil, en lo que te estoy diciendo!, el mayor de todos los errores que pudieras cometer porque… ¡Pero tú no te das cuenta!, el chupatintas arrellanado en su poltrona no se percata de nada, no ve más allá del cristal tras el que mira embelesado, enorgullecido su cara de idiota porque el señor ha escrito un best seller… – ¡Pero si todavía no he escrito nada! ... ----------- O más bajo, porque creo que hay personas que cuanto más iracundas están más bajo hablan, como si masticasen las palabras, Y como yo a su amigo no tengo el gusto de conocerlo ― y que no sería una mala idea que lo invitase usted un día a comer ahora que tenemos cocinera, y me lo presentaba; aunque sólo es, naturalmente y usted decidirá, una sugerencia ―no sé de cuál de los modelos pueda ser. O que, a lo mejor, a lo mejor queda mejor “no en los zapatos del personaje y sí en los del escritor”. Pero eso tendrá que decidirlo usted (o su amigo, claro) que para eso es usted (o, bueno, el) el escritor del que yo, aquí y aspiradora en ristre, nada más soy un personaje, y lo mismo hasta sólo secundario, además. Ah, y por si le interesa, que se me olvidaba, la cocinera es como de mi edad, de un 1,65 de estatura, vendrá a pesar unos 68 quilos, es rubia (aunque posiblemente teñida) y tiene el pelo rizado (que debe de ser de rizo natural porque se ve brillante y muy sedoso, y un moldeado sobre un tinte dejaría el... Versaciones Lola
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No sé si seguiremos
08/14/2023
Lola
https://valentina-lujan.es/alicia/elpreguntara.pdf Él preguntará, muy extrañado cuando lo lea, que por qué; y usted, tratando de esquivar su mirada, responderá en plan evasivo y haciéndose un poquito el mártir, el muy desgraciado y desvalido, que no sabe. – ¿Cómo que no sabes? – dirá. – No – dirá usted, como no queriendo hablar más del asunto –; no lo sé. – A ti te pasa algo – dirá él entonces, al verle tan alicaído y ojibajo. – No; no me pasa nada – insistirá usted. Él entonces insistirá1 con “vamos, déjate de tonterías; sé perfectamente que algo te pasa”. Usted le contestará, aprovechando la coyuntura, no que preferiría que le dijera lo del ponche calentito y la aspirina y colgase porque, perdona, pero hoy no tengo ganas de hablar – porque la suya no es una de esas madres que dicen tan fácilmente bueno, pues que te mejores y adiós, sino de las que se enrollan y lo acabaría desconcentrando, ahora que ya parece que se empieza a organizar – sino que, si tanto insiste “y tan interesado estás, ¿Te será tan difícil, llegados a este punto y tan bien que va, tirarme con habilidad de la lengua para que yo, que soy quien tiene los recursos porque para eso soy ahora el escritor, te dé una pista por lo menos de por qué estoy deprimido y pueda, gracias a tus acertadas conjeturas2, emborronar unos poquitos folios más?”. 1 porque es un amigo. No lo confunda con su madre, que entonces lo echará todo a perder porque el dialogo no cuadrará y será tiempo perdido y papel para tirar y, en el ministerio, la señora de la limpieza ya le ha comentado, así como de pasada, “hay que ver su papelera, hasta arribita siempre más que ninguna otra que está siempre”. 2 que expondrá, convendría, muy bien razonadas y tirando a extensas; (O “de manera un tanto prolija”, que queda muy literario). Versaciones de un chupaplumas No sé si seguiremos – “¡Emborronar!” ― Exclamará él ― ¿Ves cómo es verdad que estás deprimido? Y, para animarlo – porque es un amigo3 –, querrá apartar de su ánimo atribulado (el de usted) los sombríos pensamientos que lo tienen afligido echando mano, seguro, del asunto aquel tan divertido (entendió usted) de la muy buena noticia que tenía que darle. – ¿Una noticia? – preguntará usted con extrañeza – Una noticia, si – responderá él. – ¿Buena? – recabará usted. – Buena – repetirá él. Usted dirá – encogiéndome de hombros – que no sabe, pero que no recuerda nada de ninguna noticia buena. Él pondrá el grito en el cielo enteramente asombrado de que se le haya podido olvidar “algo que, y mira que te lo puse en bandeja con lo de la novia y tal” y, exclamando “¡hombre, por Dios, pero si se trataba nada menos que de algo tan…!”. Y se lo contará y, así, sin sentir como quien dice, tendrá unos poquitos folios más que emborronar… ¡Hala; ya está! ¿Ha visto usted qué fácil? Ahora le queda nada más desarrollarlo. Que se lo dejaría hecho, como me fío tan poquito de usted; pero no puedo porque tengo que pegarle el botón de la camisa que no tuve tiempo el otro día, y planchar otras cinco, y bajar a la tienda de abajo para comprar una lata de guisantes ― que le pedí que la comprase, pero a usted se le olvidó ― para la ternera a la jardinera que tengo que hacer también. No sé, pero a mí me parece (y perdone la intromisión) que sería justo que contratase una cocinera, porque desde aquel día en que, para mi desgracia, empezó a confiar en mí y a dejar los cajones abiertos estoy, de verdad se lo digo, que no doy abasto. 3 un amigo de los de verdad. No su madre, acuérdese; y acuérdese también de que ella lo quiere convencer de lo contrario siempre que se presenta la ocasión; pero es que las madres viudas de hijos únicos son siempre muy celosas. No le pasa sólo a usted. Versaciones
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Hablan las palabras
08/13/2023
Las Gongordiola
http://valentina-lujan.es/E/entretantasmen.pdf Un día, como por jugar y sin sentirnos movidas por ninguna intención en concreto, hicimos esta pequeña tontería: Dice pero no regresé y, eso, entre tantas mentiras y tanto como inventa sin saber ni para qué ni adónde vaya a conducirlo, pudiera por una vez en la vida ser verdad o, por lo menos, serlo en parte; lo sabemos porque ha llegado pronto, más pronto de lo habitual y, sin cenar ni cambiarse la ropa de la calle, se ha encerrado. En su despacho, sí; y no ha puesto la radio. Pone la radio cuando quiere ahogar el silencio que producen las teclas cuando las mira fumando, cigarrillo tras cigarrillo, sin resolverse a teclear… Pero esta noche no ha puesto la radio y ni siquiera ha ido (que es lo primero que hace siempre) a mirar si al canario le estaba faltando alpiste o agua. Llevaba un rato, poco, allí cuando habría debido a lo mejor sonar el teléfono porque él, como si lo atendiera, ha pronunciado frases aisladas, vocablos sueltos como cuándo o pingüino y que de verdad se sentía del todo constern… pero, en fin, ya qué importa y, un poquito separado en el tiempo, que casualmente, en la mesa de al lado; la chica había desenvuelto un regalo y lo había dejado allí, un poco roto pero, como era bastante grande porque, dijo, yo sé la ilusión que él tenía le pidió que se lo diese; y que la chica había dicho que bueno y que, una cosa así, era bastante difícil de conseguir aunque, otra vez, ya qué importa. Luego ha soltado una carcajada y dicho no me jodas y que por qué iba a ser y, eso tendría que estar siendo la despedida, que a la mierda. Y pues porque no soy Dios y que – con la particularidad de que en el despacho nunca ha habido teléfono – si ha sido tu error o tu capricho allá tú pero conmigo no cuentes. Luego ha salido y se ha marchado a la habitación y se ha tumbado en la cama y allí ha estado, mirando al techo vestido pero sin zapatos y el codo detrás de la cabeza silbando; cuando iba ya a apagar la luz la ha echado un poquito hacia atrás y, al crucifijo, buenas noches y recuerdos a tu mamá. La puerta del despacho la ha dejado abierta, así que a ver mañana… El canario agua tiene, pero muy poco alpiste y nosotras no podemos remediarlo y sí sólo sufrirlo, esperar, con un nudo en la garganta, a que se dé cuenta antes de que sea demasiado tarde y evitarse, así, o evitarnos, el trago tan amargo de tener que relatar un desenlace doloroso o – casi más amargo aún – no mencionarlo siquiera porque “la vida sigue” y, si va a estar uno (o una) prestando atención y deteniéndose en circunstancias tan irrelevantes, se corre el peligro de “estar en otra cosa” cuando se debiera estar, todo ojos y oídos, presto o presta a dar noticia puntual de hechos en verdad cruciales de la vida, de la existencia, del devenir, de… Mira, hemos cogido carrerilla y no se nos ocurre ningún de qué más; que nos pasa con frecuencia cuando nos obsesionamos y, de la mano de un desmesurado afán perfeccionista o de un irrefrenable deseo de protagonismo, seguimos y seguimos narrando, dando voz (por llamarlo de algún modo), plasmando negro sobre blanco o en cualquier otro color todo cuanto acontece cuando, quién sabe, tantas veces resultaría tanto más elocuente el callar… Los silencios: sí. Nadie lo hace. Es verdad. Nadie tiene el valor, la valentía, de mostrar cuatro, o cinco, o diecisiete páginas en... ---- Como es la primera vez que hacemos este experimento no nos hemos atrevido ― no sabríamos precisar si por no abusar de la paciencia del lector, o por miedo a que se ceben en nuestras carnes magras los buitres del olvido (mera sofística, pero queda elegante, ¿verdad?), o, que por qué no confesarlo, por temor a desatar la ira de la señorita Acracia, que, mire, si quiere, qué decía de nosotras la muy… (Elipsis); aunque puede ser un bulo contado por algún alumno vengativo al que suspendiera alguna vez ― a distanciarnos de las otras, las de más arriba, en las propugnadas diecisiete páginas que usted en alguna parte seguro que ha encontrado Firmado: Nosotras, las palabras De entre los papeles
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