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10114 results found for tag:"prosa".
2403037219649
de reveses
03/03/2024
Aurora Losa
textos para BADILA 2024 y gala de la mujer 2024
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
2403037219632
la conjura de las lavanderas
03/03/2024
Aurora Losa
textos para BADILA 2024 y gala de la mujer 2024
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
2403037219625
lavandera
03/03/2024
Aurora Losa
textos para BADILA 2024 y gala de la mujer 2024
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
2403037219618
Las gandulias de octubre
03/03/2024
Aurora Losa
textos para BADILA 2024 y gala de la mujer 2024
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La maldición
02/13/2024
Elena Ángeles Sauras Matheu
Relato emotivo donde un padre recibe una maldición y decide alargar las vacaciones para pasarlas con su hijo.
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Pensaments d'una marina profunda
02/08/2024
Elena Ángeles Sauras Matheu
Relat en català en sis entregues que contarà la vida de l’Eulàlia mitjançant els pensaments d’una marina profunda, que li farà de guia per a afrontar la realitat.
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EL FILO DE LAS PALABRAS
01/15/2024
Florentina Gómez Guasp
Libro de poemas que consta de 47 poemas referidos a las palabras. La fuerza de las palabras reside en la unión intima que guardan al concepto que expresan, habita en la lealtad que mantienen a su significado puro. La profunda simplicidad de la idea que representan enciende una potente luz que abre la conciencia acercándonos a la verdad, dándonos los útiles necesarios para ordenar el caos y comprender mejor el mundo. Pero si las palabras se tuercen y se alejan de sí, caen desamparadas presas en los laberintos de la incoherencia. Este libro consta de tres partes. La primera es una reedición de El filo de las palabras; la segunda, nuevas palabras, incluye poemas inéditos. Por último, en la tercera, palabras ya dichas, he añadido algunos poemas de otros títulos míos de tema similar.
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2401136631140
El pacto
01/13/2024
Elena Ángeles Sauras Matheu
Relato que explica los temores y sueños de una mujer a la que han condicionado su vida.
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Quienes somos (versión 0)
01/02/2024
La de Cremades
https://valentina-lujan.es/V/version0.pdf La respuesta no parece, en un principio, que pueda resultar problemática; no tiene uno, o una, o un hatajo, más que llegar y decir pues yo o nosotros o nosotras somos Fulanito de Tal, o Perenganita de Cual, o estos/as o los/as otros/as o los/as de más allá e hijos/as, todos/as y cada uno/a, de nuestros/as respectivos/as padres/as... No, mira, ahí nos hemos equivocado; pero lo vamos a dejar como está y seguir, como si tal cosa, aunque saltándonos las obviedades que todos damos por sentadas en lo que concierne a nuestros semejantes, tan nada diferentes de las propias que para qué repetirlas y perder, sin ninguna necesidad, el hilo… ¿O Ya lo hemos perdido? Porque si lo hemos perdido tendremos que buscarlo, y nos pasará lo que nos sucedió cuando hace apenas unos días buscábamos algo también y derramamos, sin quererlo, la copa de algún néctar repuntado que nuestra memoria se obstinó en despertar como ambrosía… La dejamos hacer y, con deleite, aplicamos el néctar con las yemas de los dedos en las sienes, y en el cuello, y detrás de las orejas y en la frente, y aspiramos el olor evanescente del antaño mientras se demoraba ella por entre los jirones de las tardes ociosas en que éramos algo que, por cierto, la última vez que alguien lo mencionó ya dio problemas porque ― la más corpulenta de las Fuenfría ― que pero, bueno, eso es muy elástico… – ¿Elástico? ― Doña Consola ― ¿Cómo cuánto exactamente de elástico? – Como muchíssssimo. – ¡Vaya por Dios! ― Y, girándose Consola a su propia hermana ―: ¿Qué te parece? Y la hermana se limitó a ladear un poquito la cabeza y volverla a enderezar como queriendo dar a entender ea. – Ea ― doña Consola ―, no; Visitación. – Pero, ¿cómo ― la Fuenfría ― que ea, no? – Pues como que no, sencillamente. – Mira, Consola, yo tengo mucha, pero que muchísima correa, pero, si hay algo que verdaderamente me molest… Porque, ¿quién no ha sido, si es que alguien me lo puede explicar, algo a lo largo de su vida alguna vez? – Ya. Si no ― doña Consola ―: si algo sí. A lo que voy es a es que… – Lo que ella está queriendo decir ― la Fuenfría corpulenta también pero algo menos, dando a la hermana suya unos suaves golpecitos con sus dedos en el antebrazo ― es que quién no ha sido algo alguna vez aunque no fuese lo que estuviera deseando fervientemente ser… – Ah ― la corpulenta ―: ¿Y alguien conoce personalmente a alguien que… – Pues Carlitos. – ¿A quién conoce Carlitos? – A nadie, Zoila ― la Fuenfría corpulenta pero menos siempre fue mucho, mucho más paciente ―: Nosotros, todos, conocimos a Carlitos… – ¿Y qué le pasó? – Bueno ― Consola ―, nos contaron que le dio algo a la cab… – Ya; pero quiero saber qué. – Una apoplejía, o embolia o… – Antes ¡Antes! ― Como muy impaciente la corpulenta. – Pues que nunca fue niño. Fue Visitación, la primera vez que abría la boca en toda la tarde, quien lo dijo. Luego ladeó un poquito la cabeza y la volvió a enderezar como queriendo dar a entender ea. –Nos enteramos, cuando ya era imposible reparar el daño, de que jamás… ¡pero que nunca, eh!, había sido niño… – ¡Caramba! – O, al menos, no un niño como los demás… – Aunque hubo quien, incluso, pretendió dar pelos y señales asegurando haberlo conocido como tal, y aun recordarlo… – ¡Que a ver si no era desfachatez cuando ahí estaba el propio interesado, en persona! – Y que si bueno, pues a ver si es que insistió Hubo Quien – otra vez la hermana ―, ya nadie se va a acordar del nieto de doña Regina, la soprano… –Mamá, en cambio, sí que había sido… – ¿Quién? – ¡Mamá, Gerardo: mamá! – Ah – sordo como una tapia aunque con una memoria buenísima porque, entornando los ojos ―: Rosarito, ¿verdad?, casi siempre. – Con algunas salvedades, claro está, como pudieran serlo… pues, qué te diríamos nosotras ― intercambiando una mirada cómplice, las dos Fuenfría ―: sus clases de equitación o cuando a su abuelo le concedieron aquella cruz de san Fernando, tan laureada; pero, por lo general, o sí o casi… –Y es que, para ser lo que ella era hacía falta tener muchos, pero que muchísimos arrestos y un carácter y un temperamento que, como muy bien dijese Román Corvado, ojito al parche o acordaros de cuando… [][][] ... Transgresiones Versiones
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Página en blanco 128
12/26/2023
La Rebolledo (Mauricia)
https://valentina-lujan.es/G/pagblanco128.pdf ... terminar de admitir y con toda humildad que esta era su primera vez. - ¿Y a qué se dedicaba anteriormente? -- quiso saber la que había extraviado el medio canutito, aunque sin detener su tarea de buscar, y por lo bajo, a su marido... marido porque esposo se le figura engolado, marido está bien, piensa, aquiescente, sentada en su taburete y hojeando sin interés una revista quincenal femenina en tanto aguarda que llegue la hora de sacar a la venta las entradas para la sesión siguiente... por lo bajo --: ¿qué tal vamos de tiempo? - No se angustie, aún nos sobra. -¡Ahora! -- una voz chillona en la fila diecinueve, la última butaca junto al pasillo que "muy lateral", había protestado. - Pues haber venido antes -- sin dejar de pasar, con la mano libre, las páginas por las que desfilan, con su mejor sonrisa, los seres fantástico de su convencional Olimpo satinado... Etiqueta: Fotos en negativo (fragmento?
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2311266222487
El eco de mi rebelde tambor
11/26/2023
Elena Ángeles Sauras Matheu
Alberto es un estudiante y nos relata el amor platónico que siente por la profesora de música. Un relato sincero narrado en primera persona donde subyace la paz como tema principal.
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LAS FIGURAS SILENCIOSAS
11/08/2023
Florentina Gómez Guasp
Libro de poemas que se adentra en la forma en que reaccionamos ante los estímulos. Nos protegemos de la tiranía de los estímulos y de su exceso con reacciones instantáneas, instintivas, comunes a todos; son respuestas inmediatas, ni siquiera pensadas, que representan afectos como nueve máscaras fugaces; luego, al incorporar nuestras palabras, pensamientos e ideas, se matizan convirtiéndose en sentimientos que tienen ya carácter individual y propio. Los sentimientos nacen de la forma en que percibimos e integramos los elementos que nos muestra la realidad y configuran nuestra moral, nuestro estilo, en definitiva, nuestra peculiar forma de afrontar la vida y sus retos.
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2310235660510
Como una hoja caduca en sus bolsillos
10/23/2023
Elena Ángeles Sauras Matheu
Jesús es taxista y arrastra una crisis existencial. Relato que te zambulle en su vida diaria, que le pone nombre a la dolencia que sufre y lo que hace para vencerla.
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¿Tendría alguna vez Kant un canario?
10/13/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/K/kant.pdf En mitad y a pesar de todas mis angustias y congojas decido que lo que quiero es leer. No me vale una novela; las peripecias y los ires y venires de un fulanito y una fulanita no me van a entretener ni atrapar ni retener y, lo que necesito, es que mi mente, mi pensamiento se quede prendido – o se fije, al menos, aunque sea de forma provisional y un tanto en telendengue pero que servirá para desviarme de qué aun a mi pesar es en realidad lo que en mi ahora y en mis concretas circunstancias personales (o vitales) pienso y siento – en algo que, de alguna manera, me quede grande, me supere, me obligue a forzar un poquito la tuerca encasquillada que es mi sentir. Me digo que algo de Ciencia, o de Filosofía; y me decido – ni más ni menos y en condiciones tan poquito halagüeñas - por la Crítica de la razón pura. Lo saco de una biblioteca pública con sus 694 páginas – todo incluido, entiéndase por ‟todo” todo tipo de prólogos, introducciones (del traductor algunas y del propio Kant otras), lemas, dedicatorias, apéndice, índices y demás – y su letra bastante pequeña que me producen, unas y otra, un algo así como picores por todo el cuerpo y la sensación de “no sé, pero a mí me parece que no voy a poder”. Me salto XLVIII páginas con bibliografías y otras dificultades varias y me voy, sin más contemplaciones ni miramientos, a la 41 de la numeración normal, que reza así: Distinción entre el conocimiento puro y el empírico. Ya he dicho – creo que lo dije en cuanto tuve el volumen en mis manos – que creo que empezamos mal. Para complicar las cosas me he parado, a comer, son las 18 horas 48 minutos, pero yo acabo de terminar de comer; y como siempre que como, aunque sea poco, me ha entrado sueño de manera que, si me dejase llevar por qué me apetece en este instante, me haría un ovillo. Pero, no: seguiré. Seguiré, pero no sin antes preguntarme: 1 - ¿Comió Kant alguna vez gratén de la huerta con puerro, calabacín y champiñones? 2 - ¿Acudió para adquirir el tal gratén – precocinado, treinta y cinco minutos al horno a 225º – al Ahorramás de su barrio tirando personalmente de su propio carrito de la compra? 3 - ¿Dejó en la pila de su cocina los platos sin fregar, junto con los cacharros del desayuno, diciéndose "luego lo haré"? Y se me ocurren más (preguntas) pero como no quiero desviarme – en la medida de lo posible no sé ya si del querer o del desvío – del tema que me ocupa, las paso por alto y regreso (con más o menos ganas más bien tirando a menos) a la Distinción de marras… Me entero ahí de que existe pensamiento analítico y sintético; y conocimiento a posteriori y a priori. Y de que el a priori puede a su vez ser un a priori puro, y de que también puede no serlo… No puedo evitar el, una vez llegada ahí, pararme a considerar qué aporta, de qué manera influye, en qué medida ayuda, hasta qué punto toma parte en lo que se me ocurre llamar a mi manera y a mi aire "esculpido del alma humana", el que el ser humano corriente y moliente – el hombre o la mujer común, letrado/a o iletrado/a, músico/a o dentista, vendedor/a de periódicos o de productos para la limpieza y conservación del calzado, ministro/a o repartidor/a de pizzas, matarife o tenor o equilibrista o banquero/a o taxista o encofrador/a o marmolista o peluquero/a o fabricante de pasta dentífrica – entre en posesión de, añada a su acervo cultural, el conocimiento estructurado y elaborado y minuciosa y meticulosamente desmenuzado de que su pensamiento es analítico o sintético. Siempre he tenido la sensación de que los filósofos son seres imperturbables e inconmovibles que piensan, sin sentir, con una facilidad apabullante y sin experimentar en carne propia el sinvivir que – a mi pobre entender – debe causar ese su (al menos en apariencia y para la apreciación del profano o la profana) vivir al margen de la verdadera vida… Sin pretender – vaya ello por delante y ante todo – estar queriendo significar por "verdadera" la tan traída y tan llevada y tan harina de otro costal como lo es (y a diferencia del que cada cual ha de cargar sobre sus hombros desde el momento en que nace hasta el momento en el que muere) la vulgarmente desconocida hasta la saciedad pero denominada (con encomiable desparpajo y sin atisbo de pudor) Eterna. Pero, ya digo, no me estoy yo ni mucho menos refiriendo a esa. Quiero decir, y a ver si consigo explicarme porque tiene su tela: Dos puntos: sí. Que me sé – por ejemplo y a modo de chascarrillo ilustrativo – la anécdota de que cuando Kant caminaba por las calles de su ciudad los vecinos ponían sus relojes en hora. Que me llama la atención – por otro ejemplo – el que nunca lo hiciera retrasarse el recordar, con la mano ya en el picaporte de la puerta y el abrigo y el sombrero puestos, que a lo mejor no había… pues, qué sé yo: apagado bien el cigarrillo si es que fumaba, o puesto agua o alpiste a… ¿Tendría alguna vez Kant un canario? Una persona tan metódica... Sin etiquetar
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Con otros ojos
10/13/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/C/conotrosojos.pdf Aprendemos, desde niños, que el cielo es azul, que la hierba es verde, que la leche es blanca y que la sangre es roja. Lo aprendemos así porque nuestros padres, o los adultos, en general, que nos rodean así nos lo inculcan aun sin querer ni estárselo proponiendo. Mira qué azul está hoy el cielo, dice alguien, mirando hacia arriba. Y tú, tan pequeño y por primera vez en tu vida y sólo porque inocentemente has dirigido tu mirada en esa misma dirección, aprendes que esa bola que lo envuelve todo es el “cielo”, y que su color es azul. Y no nos lo cuestionamos, ¿por qué tendríamos que hacerlo? Y crecemos sabiendo, ya para siempre, qué es un cielo azul… Y está bien tener claro qué es el cielo, igual de bien que saber qué es un destornillador o un sombrero; que seguirían siendo lo que son aunque se llamaran, respectivamente, “mojicón”, “alpargata” o “segadora”; tan sólo sería cuestión de habituarse — y desde niño, tan pequeñito, con la facilidad con que los niños asimilan todo —, y de decirle al abuelo, con toda naturalidad, “no olvides ponerte la segadora, que hace frío”; o que el mojicón esta noche tiene muchas ogüininas —“estrellas”, en el lenguaje convencional—; y, cuando tuviésemos que apretar un tornillo, pues tan ricamente con nuestra alpargata. Lo del color, lo del azul del cielo, lo del azul del cielo y lo del azul que por deducción — o por inducción, tengo la especie de defecto de fábrica de que me lío siempre con palabras como “inductivo” y “deductivo” y como “analógico” y “analítico” — es el color de todo lo que tiene un color que se asemeja al color de esa bola que incorporé a mi saber como “cielo” aunque pude también incorporarlo como “mojicón” pero nadie tuvo la mala, perversa y aviesa idea, de meterme una idea en la cabeza que me iba a poner difícil — así, yo sola, y con una noción tan extravagante y no compartida con ni por nadie — el relacionarme con mis congéneres… Me he perdido. Lo del azul, decía, es más complicado, decía también — aunque no sé si con esta confusión en que vivo he llegado a decirlo —, es ya más complicado porque… A ver si sé explicarme. Andaba yo tan intrigada, ya desde pequeñita — y mira que mi madre me advertía mira niña que si sigues por ese camino vas a tener muchos problemas —, con ese tema que, en el recreo, en el patio del colegio con las otras niñas, me dedicaba a abordar a unas y a otras con preguntas tales como “¿de qué color ves tú el cielo?” o “¿de qué color ves las hojas de los árboles?”. Aquellas niñas, todas, indefectiblemente, fuera la niña que fuese, alta, baja, rubia, morena, simpática, antipática, aplicada, perezosa; todas absolutamente todas respondían “azul” para la primera pregunta y “verde” para la segunda. Probé a hacer las preguntas en orden diferente; con las hojas de los árboles en primer lugar y el cielo en segundo. Pero aquellas niñas, taimadas o tercas o insensatas, las muy tales y cuales, contestaban tan campantes “verde”, para las hojas; y “azul”, para el cielo. Pero yo necesitaba una solución. No voy a entrar en detalles porque los detalles pueden dar a lo mejor algo de grima o herir incluso sensibilidades; pero, resumiendo y por ir abreviando, un día en el recreo agarré a la primera que se me puso por delante y le saqué los ojos; a continuación me saqué los míos; luego me puse los de ella en mis cuencas vacías y miré, el cielo y las hojas de los árboles. Entonces supe, en carne propia — no puedo decir que porque lo viera con mis propios ojos, que sería de pésimo gusto y un chiste muy malo —, que la muy cabrona (porque no se la puede llamar de otra manera) de la niña me había estado mintiendo como una bellaca. Como una bellaca porque, con sus ojos, yo lo vi, el cielo era a cuadritos negros y blancos y, las hojas de los árboles, qué decir de cómo resultaron vistas con los ojos de aquella cretina las hojas de los árboles… Ella, lo contaría de otra manera. Ella contaría que cuando se puso los ojos míos el cielo era a lunares color quisquilla sobre fondo amoratado; pero es que aquella niña, espero que haya quedado claro, era una embustera. 10 de junio de 2011 Sin etiquetar
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de contradicciones y de recuerdos
10/11/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/D/decontradiccionesyder.pdf Así de contradictorias somos las personas. O no es contradicción y quizás sí sólo una alternancia de sentimientos — ¿o quizás de emociones? — en la que tan pronto y en un momento dado y a la sombra de un determinado estado de ánimo sentimos añoranza de algo que, en su “ahora”, cuando estuvo ahí, no valoramos demasiado ni tuvimos presagio de que su “no estar” fuese a causarnos una sensación de desgarro en tanto que, en otro momento y quizás sin que entre éste y el anterior esté mediando un periodo de tiempo que justifique el cambio de percepción, aquello se recuerda como viejo y rancio. Correríamos al cubo de la basura para recuperar el juguete que tiramos hace décadas, sin echar cuenta de que nos deshicimos de él voluntariamente y tan contentos. O un par de zapatos o un vestido o… Es un poco aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”; que no recuerdo quién lo dijo. Pero no son quizás (o seguro) las cosas sino la carga con que impregnan el recuerdo de qué entonces éramos o imaginábamos estar siendo. Los cines Alphaville, por ejemplo, que cuando los volvieron a abrir como Golem y fui por primera vez añoré la cortinilla que tanto me irritaba que el último que entrase no volviera a cerrar bien. Y voy poco, pero tal vez no menos de lo que iría aunque continuaran llamándose Alphaville. Manipulamos los recuerdos. Sea para denostarlos o para ensalzarlos los manipulamos. ¿O es que los recuerdos nos manipulan? O, que también puede ser, el que piensa estar añorando o denostando no es el mismo (ni lo fue nunca) que vivió sin imaginar que alguna vez imaginaría estar recordando. 17 de diciembre de 2014 Sin etiquetar
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2310115571394
El mundo este que llamamos nuestro
10/11/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/E/elmundoesteque.pdf Miraba esta tarde una película, en la televisión, Vidas rebeldes. Estaba empezada y Marilyn Monroe conversa con Clark Gable sentados a una mesa mientras desayunan en un ambiente rodeado de silencio. De la conversación se desprende, o eso es tal vez algo más tarde, que ella viene de Chicago y se maravilla de este lugar con este ambiente y esta paz. Luego salen y en el exterior se ve que sí, que el lugar es apartado, y solitario. A ella le parece un paraíso. Luego, más adelante — y no es que vaya a contar la película — la cosa se complica cuando ella se encuentra con que (y él no lo oculta) este hombre con el que en un principio le ha parecido que sintoniza tan bien se dedica para sobrevivir a cazar caballos salvajes que luego vende a un tratante de ganado que a su vez los vende para sacrificar y que sirvan de comida para perros y gatos. La película digamos que termina bien. Después de haber cazado con lazo los caballos y de haberlos atado Montgomery Clift vuelve a soltarlos, Marilin sonríe aliviada, Clack Gable decide cambiar de vida y acuerdan que se marcharán juntos a la ciudad. Vamos, que la idea que se suele tener de que en los lugares paradisíacos la vida es idílica y un remanso de paz no se ajusta tal vez mucho a la realidad. Pero, una cosa que me ha impactado especialmente — y no porque sea algo que no sepa, pero cuando se oye en palabras pronunciadas por otro parece que la noción que ya se tiene adquiere más cuerpo — es cuando Clark Gable le pregunta “¿o qué crees que hay en la lata cuando compras comida para el perro?”. Yo sufro cuando imagino a los gatos de Oquendo (y a todos los demás gatos del mundo y a todos los animales que se me pasan por la cabeza) expuestos a los peligros de los coches que pueden atropellarlos, y a la inquina que muchas personas les tienen y que pueden causarles cualquier tipo de daño; pero pienso también que los animales en su medio se valen por sí mismos, y se buscan su alimento, y se matan por subsistir los unos a los otros pero, siempre, ciñéndose exclusivamente al instinto que la Naturaleza les ha dado, y no haciendo más daño a su presa que el estrictamente imprescindible; y siempre también, ese es un matiz importante, no por matar porque sí o para hacer ningún negocio sino por simple e ineludible necesidad. Pero… las mascotas que tenemos en las casas y que son “nuestras”. Ellas en su libertad cazarían pájaros, imagino, y todo tipo de animalejos pequeños que ellos “entiendan” como su dieta. Y el pájaro sería muerto por el gato sin quebrantar ni agredir las normas de la Naturaleza que creó al gato y al pájaro. A los que tenemos en las casas tenemos que alimentarlos de pienso, o de comida húmeda, pero en ambos casos comidas elaboradas con carne de animales que han sido sacrificados en los mataderos. Es decir, que gato que yo haya recogido de la calle estará a salvo, pero su seguridad y su confort estarán implicando que por ellos, y por tantos como ellos, se sacrifiquen (sin la sabiduría ni el saber hacer con que su instinto natural sí lo haría) más animales en los mataderos de lo que ya supone el consumo humano. Y, volviendo a la película, queda la sensación de que pese a todos los inconvenientes y el tumulto y ajetreo molesto de las ciudades en ellas la vida puede ser más feliz porque va a ser menos cruel. ¿Pero es menos cruel el oficinista trajeado que no se mancha las manos y compra los filetes o las lechugas o la comida para su perro o su gato en el supermercado y perfectamente “lavado” de cualquier tipo de carga emocional y envasado, al vacío? No sé, si me paro a discurrir, si existe la inocencia en alguien o en alguna parte. Sí sé que los animales nunca debieron ser sacados de su medio, donde la Naturaleza los colocó, y que las personas no deberíamos ser sus dueños, y que no deberían de ser criados ex profeso y de tal o cual raza y a tal precio porque ocasionalmente se pone de moda, y que no tendría que haber tiendas de mascotas, ningún tipo de mascotas. ¿Pero cuál es o cuáles son esos lugares que alguna vez fueron los suyos y en los que la Naturaleza los coloco? Cada vez escasean más esos lugares. Los de los animales salvajes y los de los que hoy llamamos animales domésticos. Las ciudades y los humanos hemos ido poco a poco invadiendo los campos y los espacios abiertos con nuestras casas y con nuestros coches, y con nuestros centros comerciales, y con nuestras factorías, y con nuestros garajes y con nuestros jardines bien cuidados que nos molesta que los gatos escarben; y hemos hecho conductos de ventilaciones y de chimeneas y de aires acondicionados por donde ellos se cuelan a veces y mueren atrapados. Los animales no han elegido habitar en nuestro mundo y molestarnos; nosotros les hemos ido poco a poco arrebatando a ellos su espacio. Ningún gato eligió por propia voluntad acudir a vivir en tal calle de tal o cual ciudad. Pero las cosas son como son... 4 de marzo de 2012 Sin etiquetar
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El piropo es delito
10/09/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/elpiropoesdelito.pdf Me venía llamando la atención de un tiempo a esta parte el cruzarme por la calle con señoritas que, muy escotadas, muestran el sujetador, pero hace unos días escuchando la radio lo entendí, que la última tendencia de la moda, lo más cool de lo cool es enseñarlo (continente y contenido). Me parece bien, porque como rezaba un antiguo proverbio o algo así “lo que se van a comer los gusanos que lo vean antes los cristianos”. Por otra parte, que también lo he escuchado en la radio ayer mismito sin ir más lejos, el piropo pasa a ser delito. Vale. Ocurre, empero y por ejemplo, que están celebrándose los sanfermines, y me pregunto qué puede suceder si una señorita, ataviada de tal guisa y “de copas hasta el culo” – que es literal, de entre unas cuantas entrevistadas al azar en la calle (a cuenta de ese juicio tan célebre y tan comentado) una de ellas lo decía “¿por qué no me puedo poner de copas hasta el culo sin que nadie me moleste?” – es abordada por un joven caballero que, de copas hasta el mismo lugar (o equivalente) la aborda en términos tales como “señorita, tiene usted unos ojos preciosos”. Podría yo entender que, por razones obvias, la señorita se sintiese ofendida. Pero voy a entender que la señorita se sentirá halagada y, si el joven es de su agrado, accederá a tomar en su compañía alguna que otra copa más. La velada avanza y llegado el momento – porque el momento llega – el joven da un paso más y… “señorita, ¿me concedería usted un revolcón?”. Que lo podría decir en forma más poética, pero y si la señorita no lo entiende qué. Si la señorita no le puso ya la correspondiente denuncia por lo de los ojos, concederá o no concederá. Si no concede, pone la denuncia que antes no puso y asunto resuelto. Si sí concede, echan mano de móvil y buscan un notario de guardia, acuden presurosos para legalizarlo (el revolcón), y una vez firmado el consentimiento de la dama… Ah, que se me olvidaba plantearme qué pasa si es a la inversa, si la que requiebra y propone es la señorita, y el joven, por las razones que fuere (que los hay muy raros) va y no acepta. Pienso que es muy libre de no aceptar, sí; pero yo le recomendaría que se lo pensase dos veces, que tal y como están las cosas (y más chungas que van a ponerse) puede verse ante los tribunales acusado de maltrato psicológico “porque por qué no me puedo yo poner — diría la señorita de los ojos bonitos — de copas hasta el culo sin que ningún gilipollas me rechace”. Nota: En el ejemplo considero un solo joven y una sola señorita, pero sirve también si en uno o en otro o en ambos bandos hay más implicados o intervinientes y de copas hasta, o hasta sin ellas. 12 de julio de 2018 Sin etiquetar
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2310095526360
El toro de lidia
10/09/2023
Alicia Bermúdez Merino
https://valentina-lujan.es/E/eltorodelidia.pdf Nunca me gustaron los toros — quiero decir la fiesta de los toros —; por causa de mi pasión por los animales siempre he detestado todo cuanto de cualquier forma los dañe. Me resulta extremadamente doloroso ver (e incluso aunque nada más sea imaginar) sufrir a un animal y, más, a manos o por la voluntad de un ser racional. He pensado, sin embargo, también muchas veces qué ocurriría si esta fiesta desapareciese. Imagino que en tal caso el toro de lidia dejaría de ser “interesante” y que los ganaderos que se dedican a la cría y mantenimiento de dichos ejemplares (que les proporcionan unos pingües beneficios) se verían, además de privados de su fuente de ingresos con lo que ello acarrearía para todas las personas cuyo medio de vida gira en torno a esta… “¿industria?”, empujados a… ¿qué hacer con los animales ya existentes? Al no estar ya destinados a ser lidiados se convertirían en una carga, tal vez en una ruina, y los ganaderos se desharían de ellos, que terminarían sacrificados en los mataderos. ¿Es mejor, o más digno, o menos cruento, ser sacrificado en un matadero que el morir en una plaza y desplegando, hasta el último aliento, todo su poderío y toda su belleza? Además, en el supuesto de que hubiese, quién sabe, alguien altruista que siguiera criándolos y velando por la raza aun a sabiendas de que no le iban a proporcionar riqueza y tan sólo por el deseo encomiable de que la raza del toro bravo no se extinga, ¿seguiría la raza siendo lo que es?, ¿seguirían sus ejemplares siendo los animales magníficos, imponentes y sobrecogedores que son? No lo sé. Pero tal vez privados los toros de su oportunidad de morir a manos de quien a su vez sabe que está arriesgando su vida enfrentándose a un adversario tan imponente y lo encara, por tanto, con respeto o con adoración, incluso — como quien se mide con una deidad —, algo en ellos, en los toros, iría palideciendo, perdiendo su belleza y su fuerza y su halo de animales míticos. Y desaparecerían. ¿Y no sería triste para el mundo la pérdida de tanta belleza? No sé tener un criterio único y no contradictorio a este respecto; y me pregunto si para los animales, igual que para las personas, no existirá un fin trascendente que vaya más allá de lo que desde la razón se evalúa de grato o ingrato o justo o injusto; y si, como sucede con las vidas de tantas personas, no será más digno morir con orgullo, con arrogancia, tener una muerte que no desmerezca de la vida confortable (regalada, incluso) y no la muerte mansa de los que vivieron y murieron, sin pena, sí, pero también sin gloria. En fin, no lo sé; sí sé que continuaré eligiendo no acudir y no ver corridas de toros. Pero hoy, a la vista del video que alguien publica en un comentario a los textos 3.14 y 3.15 del blog La aventura del pensamiento (49 respuestas a la aventura del pensamiento), me he sentido conmovida y he deseado — al menos durante 4:25 minutos — que no desparezca del mundo algo tan maravilloso como es el toro bravo. 3 de febrero de 2012 Sin etiquetar
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Elogio del silencio
10/09/2023
Valentina Luján
https://valentina-lujan.es/E/elogiodelsilencio.pdf Los animales no hablan, cada especie se comunica con sus congéneres por medio de los sonidos – y los gestos, claro – propios de su especie, pero no hablan; más allá de los que emiten dando a entender que quieren aparearse, o para llamar a sus crías, o para alertar de algún peligro, de sus bocas, o de sus picos, no salen palabras que den cuenta a sus familiares o amigos de cómo se sienten, o qué opinan, o cuáles son sus planes para el futuro. Bien es verdad que porque no piensan – o sí, pero vaya nadie a saber qué hay en la cabeza de un perro, o de un gato, o de un salmonete o de un estornino – pero, ¿es razón suficiente que los humanos si pensemos para hablar tanto como hablamos? Se puede argumentar que porque los humanos somos seres sociables. Pero hay muchas especies de animales que también lo son, y sin embargo callan, con perfecta naturalidad y sin aparente esfuerzo, sin tener que morderse la lengua porque tal o cual cosa que pueda decirse – y que es un decir, ya que decir no pueden – vaya a molestar, o ser mal interpretada o, sencillamente, porque consideren que el expresarla es del todo innecesario y no va a aportar nada de interés a quien pueda escucharlo ni aún en el caso de que hablen el mismo idioma. Los humanos no. Los humanos informamos a quien nos venga a mano de que tenemos frío, o una gotera en el baño, o de que se nos ha averiado la lavadora; también de a qué lugar iremos de vacaciones o de que – y ahí pueden empezar los problemas por absurdo que parezca – nos gusta mucho el arroz con leche pero aborrecemos los calamares en su tinta. Parece muy inocente, sí; pero de la manera más tonta del mundo las cosas se lían, de a poquitos pero se lían, y no por causa propiamente del arroz ni de la leche ni de los calamares ni de la tinta, sino porque a lo mejor resulta que al interlocutor le sucede justo al revés y protesta escandalizado que cómo te puede gustar el arroz con leche o que eso lo dices porque no has probado sus calamares, que se salen por cierto de maravilla. Y te da la receta con su poquito de esto y de lo otro y su pizquita de… Y el otro escucha, con educación pero sin ganas ni la más remota intención de cocinarlos bien porque – insiste – no le gustan o porque (y lo dice) no le gusta cocinar y, en tal caso, el otro, pues que “ah qué suerte, tienes quien te lo dé hecho”. Y así, como quien dice sin sentir ni echar cuenta de unas consecuencias que pueden dar mucho de sí y algún disgusto, uno empieza a largar que si vive solo y suele comer de cafetería y que si por la noche se las arregla con un bocadillo y una fruta o una ensalada que, por cierto – he ahí un nuevo peligro con el que no se contaba –, al cobaya le encanta la lechuga y le pone una hoja. Ello da lugar a que “ah, tienes un cobaya”. Y el otro, lo que son las cosas, pues que un hurón. Y el que tiene el hurón que jamás tendría un cobaya, y el que tiene un cobaya que nunca… Aunque cabe la posibilidad de que los dos tengan la misma mascota – bueno, cada uno la suya pero de la misma especie –, y entonces muy bien; o no tienen mascota, ninguno, y también muy bien. De manera que, bueno, parece que congenian. Y cómo parece que congenian la siguiente vez que se encuentran intercambian una sonrisa y se interesa cada uno por las pequeñas cotidianidades del otro. Pero llega un día que sin motivo aparente uno está menos comunicativo, por lo que sea, pero no tiene ganas de sonreír ni de hablar del cobaya o el hurón ni de comunicar a nadie que tiene o no tiene una gotera ni, tampoco, explicar por qué le parece absurdo y pérdida de tiempo el gastar palabras y saliva en decir cosas que en realidad no importan. O importan, sí, con toda la importancia que tienen todos los avatares pequeños o grandes del cada día para ser remanso, respiro ocasional que libera, mientras dura, de la angustia que de verdad es el meollo de la vida. Y se comete el grave error a veces de intentar explicar ese cúmulo de sentimientos, indefinidos, que atormentan; y el más grave aún de, pese a (por eso que solemos llamar experiencia pero que tan poquito nos aprovecha) saber que es soñar con un imposible, esperar que quien nos escucha nos comprenda. Los animales tendrán, sí, sus problemas, pero tienen también la enorme suerte de saber, sin haberlo aprendido en ningún libro, que cada ser vivo ha de gestionarse su propia vida y no hacer partícipe a ningún otro ni de alegrías ni de tristezas ni de opiniones que en tantas ocasiones dan lugar a desencuentros y desencantos. ¿Por qué, tan racionales, nos es tan imposible a los humanos encontrar un camino que nos conduzca a ser tan inteligentes como los animales? ¿Por qué nos está vedada la virtud del saber callar igual que ellos? ¿Por qué no sabemos guardar, a muy buen recaudo, eso que tan pronto es nombrado desaparece? 4 de mayo de 2019 Sin etiquetar
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