Mi tierno latido.- segunda parte.
Después de 82 años en la tierra, Dios decidió rescatar al “tierno latido” de esos seres humanos que para él, seguían siendo inhóspitos y fríos, solo basto tender su mano hacia la tierra para recuperarlo, al interrogarlo, le preguntó si ya se había convencido, lo crueles que son los seres humanos, a lo que “el tierno latido” respondió:
“No todos los seres humanos son tan malos, pues existen humanos que tú, por medio de tu inspiración, has enlistado como Ángeles para cuidar las almas puras que llegan a la tierra, afortunadamente me toco ocupar el corazón de uno de ellos, era un Ángel que no le importaba esconder un río de lágrimas que fluía hacia adentro, precisamente cuando me trajiste a ti, su fortaleza física se empezaba a derrumbar, pero su alma siempre se mantuvo intacta, nunca demostró dolor ante sus hijos para no preocuparlos y a veces no probaba alimento por dárselo a ellos, devoraba las noches para velar por el sueño de uno en especial, que siempre estuvo enfermo, Dios, debes convencerte que hay Ángeles que se disfrazan de humanos”
Después de escuchar atentamente Dios al “tierno latido”, procedió a traer al cielo al bello Ángel que había prestado su corazón como morada, al llegar el Ángel, le dijo a Dios que quería seguir con los seres a los cuales él le había asignado cuidar, a lo que Dios le respondió:
"No te he relegado de tu bella obligación, solo que ahora lo harás desde el cielo, como premio brillaras como el lucero más grande y bello, guiando con tu luz a cada uno de ellos por los senderos más seguros, sabrán que eres tú, porque tu luz será como el brillo de tu mirada que desparramaba vida en su ser";
y de inmediato, reunió a todas las estrellas binarias, enanas, protoestrellas y a las gigantes rojas, para tomar su luz y ataviarla. Así es como ahora, en la profunda obscuridad del cielo, brilla un gran lucero contagiado de felicidad, a veces ronda por mi ventana, otras me da los buenos días en la aurora de la mañana, o se despide en las tardes, detrás del lánguido ocaso.
-Cualquiera diría que esto es ficción o parte de mi imaginación y fantasía, pero les puedo asegurar que yo conocí a ese bello Ángel; ella me acuno en su dulce vientre y cuando abandone el espacio acuoso en el que me arrullo durante nueve meses, me tomo en sus brazos y me dio su calor, tan apegado a ella estuve, que siempre sentía esos ecos del “tierno latido” que quiso venir a convivir con los humanos. Desafortunadamente, ese Ángel tuvo que regresar con Dios, pero su belleza… no la de la envoltura de su alma, sino la de su alma misma, esa belleza que no se puede tocar con las manos, solo con el corazón, quedo desparramada en cada acción, en cada objeto que porta su esencia y en la compasión que presto para impulsar pronto alivio moral al que lo necesitó.
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