Esta obra representa a Emilio Gavira en toda su dimensión, en su vocación lírica y pictórica, en sus admirados maestros a los que homenajea, en su sensibilidad, en el mundo de sus afectos y recuerdos. Es un libro impregnado del olor del limonero y de otros perfumes de las más variadas flores […].
En Platero y yo, al igual que en El verdor del limonero, asistimos, empleando una expresión del tercer fragmento de Espacio, a la “congregación del tiempo en el espacio”, de un tiempo personal en un espacio local que va a hacerse universal de la mano del poeta […].
Es un libro joven, fresco, que, en un presente atemporal que acerca e invita, trae el aroma y sabor del pasado, del pasado en un patio, centro del mundo para el poeta, donde fue feliz y en cuyos rincones resuenan ecos cernudianos (Albanio en su Ocnos), juanramonianos (el pozo blanco; el pueblo, Moguer, “la luz con el tiempo dentro”) y machadianos (“mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”).
Rocío Fernández Berrocal (Del Prólogo)
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