Tuvo que pararse sobre las puntas de sus pies, y estirar al máximo su brazo derecho para poder introducir la mano en el agujero. Era un hueco pequeño, en lo alto de la pared. Su mano entró ajustadamente y sus dedos palparon el interior. Sintió algo blando y tibio, que se movía y luego, una leve punzada en la yema de su dedo anular.
Había actuado maquinalmente, sin pensar, tal vez impulsado por el enojo que le causó ver aquel orificio en la pared que el día anterior había culminado de arreglar y
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