Casi en la niñez tuve una guitarra.
Apenas
la tomé en mis brazos,
los objetos, los muebles reclamaron
que expresara sus voces
con las seis cuerdas que temblaban
al contacto de mis pequeños dedos.
Años después con el mismo instrumento
compuse el Canto de las Cosas Muertas,
suite dodecafónica
que sigue buscando los oídos
que la asimilen y que no se quiebren.
Allí expresaba la armonía de las cosas,
eternamente sepultadas por el uso,
cuyas voces se entierran
entre los reclamos
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