El joven arquero, aún con el brazo izquierdo dolorido y vendado por él mismo, vio irse al búho mensajero hacia el continente, sin estar muy seguro de si llegaría bien o si nunca llegaría su mensaje. Miró hacia abajo: no acertaba a entender realmente qué estaba pasando. Era cierto que la luz del atardecer hacía que las sombras aumentasen y, por tanto, que su vista, tan precisa por el día, no lo fuera tanto por la noche, pero, tal y como había sido ejecutado aquel ataque, no se podía decir que el
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