Murcia, verano de 1919. En la huerta abrasada por el calor y la miseria, una creencia domina la vida de los campesinos: cuando una jauría invisible de perros aúlla en la noche, guía a la Muerte hacia la casa del próximo condenado. Si el aullo dura tres días, el muerto será un niño.
Ginés, cazador marcado por la matanza que cometió su padre veinte años atrás, vive bajo el desprecio del pueblo y el peso de esa herencia maldita. Sueños febriles y aterradores ataques de pánico le roban la cordura. Su esposa, Fuensanta, lo ve hundirse, pero calla. Ambos arrastran la cicatriz de un legado tan yermo como la tierra quemada.
Una noche, Tomás, viejo amigo, irrumpe desesperado: los perros rodean su casa, su hijo agoniza. Suplica ayuda. Ginés lo sigue. Juntos se adentran en la huerta oscura. Los hombres del pueblo se unen a la cacería, arrastrando rencillas. Ramón, sobrino de Tomás, ve en Ginés no solo un extraño: un enemigo.
En la madrugada, Ginés y Tomás se topan con algo que se escapa a su razón, un ser anterior al mundo. La Bestia. La cacería termina con la muerte de Amancio, padre de Tomás, tras un disparo de Ginés. Los aullíos callan al amanecer. La Muerte está satisfecha.
La huerta entierra a sus muertos y busca culpables. Ginés es absuelto: el juez lo declara accidente. De vuelta en casa, la calma no llega. Su madre agoniza de fiebre. La Muerte ronda guiada por el aullío de los perros. Ginés acepta el presagio. Pero el alba llega y su madre sigue viva. ¿Llegará la Muerte por otro camino?
Tomás se hunde en el alcohol y el odio que siente por su padre se mezcla con una sed de venganza que no desea. Benita, su hermana, incita a Ramón a vengar la muerte de Amancio. La tensión en la huerta crece: Ginés se convierte en el blanco.
La frontera entre realidad y pesadilla se rompe. Los aullíos vuelven. Dos noches, dos muertos.
Tomás confiesa: fue él quien declaró ante el juez que la muerte de su padre fue accidental. Benita proclama a Ramón como nuevo cabeza de familia.
Las presiones por el agua y las tierras explican el odio antiguo entre Amancio y el padre de Ginés.
Ginés busca desesperado una salida. El resultado es desolado: Ramón clama una venganza inminente.
Tomás fuerza a Ginés a marcharse retirándole el arrendamiento que mantiene a su familia. El hijo de Amancio desea dejar todo atrás. La sombra de su padre. Sus demonios.
En la tercera noche, La Bestia se revela ante Ginés: requiere la sangre de un niño, el hijo de Tomás. Solo así podrá acabar con el odio. Con la violencia. Con la sequía.
Sin embargo, el sacrificio que la bestia exige no es el hijo de Tomás sino, del que desconocía su existencia. Un disparo en el vientre de Fuensanta otorga a La Bestia su deseo: la saciante sangre de alguien puro, sin mácula.
En la huerta, el amanecer no trae redención. En su desquiciada búsqueda por proteger a su familia, Ginés ha perdido todo lo que amaba.
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