De un momento a otro, el cielo no tuvo estrellas y bajo las palmeras, sombras poseídas, iban y venían, golpeándose azarosas entre ellas. No… no es posible, se decía la luna...
Aquella bella mujer, que un instante antes, pensaba en él con alegría en el alma y lo aguardaba vestida de seda, no resistió la impresión y su corazón sucumbió, mientras sostenía una fotografía que lo delataba en su cruel perfidia.
Como si el tiempo se hubiese detenido en aquel lugar, hubo un silencio ensordecedor cuan
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