Era nuestro quinto día de crucero. Con un tiempo espléndido, habíamos llegado a la isla más grande de las Islas Cayman, Grand Caymanque, a pesar de su nombre,es pequeña y no dispone de puerto para recibir a los barcos que la visitan. Estos se ven obligados a fondear en alta mar y los pasajeros se trasladan hasta Georgetown, la capital, mediante una flota de pequeños ferrys.
El muelle de llegada era un hervidero de guías turísticos y minibuses dispuestos a llevarnos a todos los rincones de la
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