Me desperté con una extraña sensación de que algo horrible iba a suceder.
Encendí la lámpara de la mesita. Las agujas del reloj estaban a punto de
reunirse en las doce. Salí de mi cama caliente al frescor del dormitorio. Los
Los rescoldos de la chimenea apenas podían con el frío invernal que exudaban
las paredes de piedra. Me arrebujé en la colcha, metí los pies en las heladas
zapatillas y me acerqué a la ventana…
El pueblo, cubierto por la espesa niebla y el humo de hogares, dormía con
un profundo e invernal sueño. Ni los perros ladraban. No había razón para
ello. Sin un ser vivo en las calles, los canes se refugiaban en sus casetas.
Hacía demasiado frío para cumplir con su cometido.
La luna, oculta detrás de las nubes, intentaba zafarse de su prisión...
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