Los pétalos de las flores de cerezo se posaban en su pelo, su cara, su cuello… Con el transcurrir de las horas, el vestido blanco de novia ya no era blanco, sino veteado en rosa. La brisa movía la hierba, un tapiz verde esmeralda, salpicado por el amarillo de los dientes del león, que enmarcaba su cuerpo. Él no podía apartar los ojos de aquel magnífico cuadro.
La mañana había dado paso a la tarde, y precisamente ahora, en el ocaso, el espectáculo era todavía más impresionante. El sol inclinado bañaba el cuerpo de la mujer en oro… Él hizo una infinidad de fotos. Recargó la cámara tres veces. Las tarjetas de memoria, como los más preciados tesoros, estaban ocultas en el bolsillo interior, pegadas a su sudorosa piel…
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