Florencia, finales del siglo XV.
Mientras los Médici consolidan su poder como mecenas de la belleza, algo invisible se mueve entre talleres, iglesias y palacios: una red de marchantes, artistas y espías que entiende que el arte no solo representa el mundo... también lo reescribe.
Matteo d’Artevedi es uno de ellos. O eso cree.
Cuando comienza a robar obras antes de que sean “legitimadas”, descubre que cada pintura no es un objeto único, sino una versión entre muchas posibles de la realidad. Detrás de los pigmentos, los encargos y las firmas ocultas, se esconde un sistema antiguo: una maquinaria que selecciona qué historias sobreviven y cuáles son eliminadas.
Pero hay algo peor que el control del arte: la posibilidad de que la realidad misma funcione como un archivo que se edita, se corrige... y se borra.
Perseguido por correctores, verdugos y una estructura invisible conocida como el Cuervo, Matteo se ve arrastrado a una guerra silenciosa donde cada cuadro es un nodo y cada decisión estética, una sentencia sobre lo que el mundo puede llegar a ser.
Entre conspiraciones renacentistas, robos imposibles y versiones perdidas de obras maestras como Botticelli o Leonardo, El ladrón de los Médici plantea una pregunta inquietante:
¿y si la belleza no fuera creación... sino selección?
Una novela sobre arte, poder y memoria donde la historia no se escribe una vez, sino que se reescribe constantemente hasta que alguien se atreve a dejar de corregirla.
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