“De que llueva o esté lloviendo no se sigue necesariamente que haya un yo o un tú o un él que llueva. Solo se sigue que hay lluvia. Para expresar que hay actividad consciente, por ejemplo pensamiento consciente, se usa una forma verbal personal: yo pienso. Pero quizá fuese más prudente decir algo así como: se piensa, o se está pensando”.
Jesús Mosterín
En castellano, la definición usual de aquello en lo que consiste narrar es “contar, referir lo sucedido, o un hecho o una historia ficticios”. Lo que parece dar por supuesto la definición es quién o qué narra, y si planteáramos la pregunta por ese quién o ese qué la respuesta inmediata, al menos y de entrada desde un punto de vista lingüístico, sería unánime: un sujeto. Otra suposición implícita en la definición es la delimitación clara y precisa entre hecho (realidad) y ficción, aun cuando la historia de la humanidad esté plagada de discusiones acerca de esa misma presuposición. ¿Hay una realidad objetiva que pueda ser registrada y, a partir de ella, registrar también sus consecuencias en el mundo que nos rodea, o bien la realidad se construye socialmente mediante el uso del lenguaje, los estereotipos y las imágenes de los medios de comunicación?
Para muchos, esas dos posiciones constituirían dos polos absolutamente contrapuestos, y parecerían fundarse en concepciones radicalmente encontradas acerca de lo que nos define como seres humanos. Nos situarían en dos polos extremos en conflicto que serían, por utilizar un concepto que acabaría por imponerse a principios de la década de los sesenta a través de Kuhn, inconmensurables. Sin embargo, no es cierto que toda posición que defendiera la asunción de una realidad objetiva que pueda ser registrada tiene por qué asumirse como extrema, si por extrema entendemos aquella concepción asentada, ingenua y acríticamente, en el sentido común más vulgar, según la cual el hecho de abrir los ojos y mirar es suficiente para aprehender la realidad. Como dice S. Pinker, “los relativistas tienen razón cuando afirman que no nos limitamos a abrir los ojos y aprehender la realidad, como si la percepción fuera una ventana a través de la cual el alma contemplara el mundo. La idea de que vemos las cosas tal como son se llama “realismo ingenuo”, y la refutaron los filósofos escépticos hace miles de años con la ayuda de un fenómeno sencillo: las ilusiones ópticas”, aunque “el hecho de que el mundo que conocemos sea un constructo de nuestro cerebro no significa que sea un constructo arbitrario –un fantasma creado por las expectativas o el contexto social”. Desde luego, y aunque se pueda engañar al cerebro -preguntemos a los magos- “las demostraciones que refutan el realismo ingenuo con mayor contundencia también refutan la idea de que la mente está desconectada de la realidad”.
Como tradicionalmente a la expresión de una realidad -ya sea como registro, ya sea como constructo- la llamamos narración, sería muy interesante plantear si es posible hablar de tres niveles básicos de narración: una narrativa “individual”, que definiría nuestra identidad y conciencia desde nuestra constitución biológica; una narrativa “social” (mucho más explorada) que igualmente nos definiría, pero desde nuestra condición gregaria y, por último, una narrativa “especista” -la más polémica- que cuestionaría nuestra propia autopercepción como especie.
No es, desde luego, una fácil tarea abordar ese análisis y no es tampoco éste el lugar adecuado para hacerlo. Pospongámoslo, pues, para mejor ocasión. Lo que sí vamos a hacer es dialogar acerca de una narración peculiar y, al menos tan antigua como nuestra conciencia: la expresión de una realidad inventada, la narración (o, si se prefiere, narrativa) de ficción.
Vamos a hablar con Luis Leante, escritor. Esperemos que la entrevista haya dejado paso a la conversación.
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