En la definición de poesía que daba Juan Ramón Jiménez, afirmaba que la escritura poética daba vida a un proceso de auto-realización; un “venir a ser yo” y “buscarse más allá”. Y sabemos que toda búsqueda implica un viaje pero, además, que en todo viaje los paisajes son elementos indispensables. Diario es un camino de autodescubrimiento, de renovación, de “drama interior” que dice el profesor Predmore, pero también de resolución, donde, desde mi punto de vista, no lo acompaña una crisis psicológica y sí el sentir de un hombre poeta. Juan Ramón encuentra en este primer viaje a América la manera de dar salida a lo espiritual, de ampliar con nuevos contenidos los límites de la realidad, y utilizar esa realidad como símbolo poético, ofreciendo, así, una nueva visión de sí mismo y del mundo que ve. Ya lo avisa el poeta en el breve prólogo de la obra: La que viaja, siempre que viajo, es mi alma. Es, por lo tanto una travesía por la superficie pero también por su interior y una lectura más profunda ofrece una visión del alma del poeta pero también del alma humana. Su experiencia íntima, impresiones, emociones, sentimientos de duda, miedo, angustia, esperanza, ilusión, se pueden interpretar como paisajes en este viaje autobiográfico, simbolista, lleno de belleza poética, visual y sensorial, sí, pero que va más allá de la sola visión como diario poético y literario.
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