Despertó sobresaltado. No sabía dónde estaba. Intentó incorporarse, pero algo se lo impedía. No podía moverse. No podía ver. No podía hablar… ¡Señor, ayúdame!, suplicó para sus adentros. Tenía los sentidos embotados y un terrible dolor de cabeza, como si hubiera bebido demasiado. Era incapaz de pensar con claridad pero, tras aquellos primeros minutos de confusión, fue haciéndose una idea más precisa de su situación. Estaba tumbado en alguna especie de camastro y atado de pies y manos. Tenía los
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