Aquella mujer seguía siendo atractiva, a pesar de que el paso de los años había palidecido sus facciones y endurecido sus rasgos. Mantenía, cuanto menos a mis ojos, una belleza sin estridencias, aunque palpable, fruto sin duda de la genética, pero también de una vida dedicada a cuidarse. En su juventud había sido una chica alocada, de esas que viven cada día al límite sin reparar en las consecuencias de sus actos. Las canas le habían otorgado una sensatez y una sensibilidad profundas; así, todo
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