La figura de Pablo de Tarso constituye un elemento fundamental en la conformación del cristianismo. Su interpretación acerca del mesianismo de Jesús de Nazaret marcó el devenir del judaísmo del siglo I y generó numerosas disputas en el seno de esta religión. Tras su muerte, muchos fueron los que siguieron las pautas establecidas por él acerca de la interpretación de Jesús como Mesías. Estos primeros seguidores fueron los que escribieron los Evangelios, unas fuentes fundamentales, junto con las epístolas paulinas, en el naciente cristianismo. Así pues, se estaba conformando una nueva religión, cuya fundación recaía en una persona de doble naturaleza, divina y humana (Jesús), y cuya muerte y resurrección determinaba la llegada del Reino de Dios y la expiación de los pecados. Inmediatamente después tendría que venir la parusía o «Segunda venida de Cristo», pero esta terminó retrasándose y llevó a sus seguidores a tener que solucionar algunos problemas. Al final, la larga espera facilitó el desarrollo de ciertas estructuras de mando en el seno de las comunidades primitivas que fueron las que más tarde, junto con la propensión hacia la conformación de un canon testamentario, determinaron el nacimiento de la religión cristiana y su Iglesia.
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