Los años iban pasando igual que pasaban de largo los hombres por mi calle. Yo los acechaba desde el balcón de mi piso en Lavapiés, mal disimulada desde detrás de los geranios y las fucsias que me regaló mi madre. A través de la baranda, mi ánimo se desparramaba como una gitanilla colgante y desenraizada, en picado hacia el hormigón hidráulico que conforma las aceras. Por primavera las flores acudían a mi balcón, sólo para regodearse de la yerma condición de mi vida sentimental.
Hasta que un día
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