Son muchas horas observando a la Luna, con tantas cosas surcando su mente, y una de ellas al límite de la cordura, que ella es la única que a él le comprende.
Tras incontables noches de incierta locura, con un manto de oscuridad sobre todo cerniéndose, presenciando su desahogo y acunándolo con ternura, con su brillante y plateada luz en su rostro presente.
Cuando no quedó en sus ojos lágrima alguna, arrancó de su pecho su corazón aún latiente, para ofrecérselo a quien como ninguna, le había a
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