A la mañana siguiente se despertó hecha un guiñapo. Todavía llevaba puesto el vestido negro de la fiesta del día anterior completamente arrugado, el pelo enmarañado y todo el rimmel esparcido por la almohada y la cara. Se levantó tambaleándose, con un mareo y unas náuseas terribles y llegó justo a tiempo para levantar la tapa del retrete y vomitar todo lo que tenía en su estómago. Estuvo un rato arrodillada en el suelo, con la cabeza metida en el váter, y cuando consideró que no iba a salir nada
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