Fauno - (Almas en Tempestad) - 𝕮𝖔𝖗𝖆𝖟𝖔𝖓𝖊𝖘 𝕽𝖔𝖙𝖔𝖘
Bajo la luna sin perdón,
duerme un fauno en su prisión.
Raíces tiemblan al pasar,
los lobos dejan de aullar.
El viento escribe su dolor
sobre los muros del terror.
Y el eco antiguo del cristal
recita un nombre inmortal.
No llames al fauno,
no cruces el velo,
su canto es de sombra,
su abrazo es de hielo.
No bebas del río que canta al morir,
ni sigas los pasos que llevan al fin.
Sonata te espera sin luz ni razón,
te guarda en sus ramas… y en su maldición.
Tres son las puertas del umbral:
una de espejo, otra de sal.
La última arde sin calor,
llorando llamas de dolor.
Si fallas una, pierdes ser,
te olvidas de volver a ver.
Y el fauno ríe sin piedad,
vestido entero de eternidad.
No llames al fauno,
no cantes su nombre,
su voz es del bosque,
su forma, de un hombre.
Sus ojos dorados te quieren romper,
y hacer de tu alma su nuevo papel.
Sonata respira con cada traición,
sus hojas te escriben la maldición.
"Si recuerdas quién fuiste… ya es tarde quizás."
"Si decides mirar… no podrás regresar."
"Y si besas la flor… su raíz te atrapará."
Pero si cruzas sin temblar,
ya tu reflejo haces callar.
Si el miedo entierras sin dolor,
y el fuego tomas sin ardor,
el reino antiguo brillará,
la reina niña volverá.
Y el fauno roto, al fin en paz,
se duerme… y ya no vuelve más.
Sí, llama al fauno, pero sin temor,
entrégale sangre, prométele honor.
No bebes del río, pero sí del sol,
que nace en tu pecho, que canta el control.
Sonata, despierta si oyes su voz,
y canta contigo… su eterno adiós.
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Bajo una luna cruel que ya no perdona,
en un claro oculto por siglos de silencio,
duerme un fauno antiguo,
enjaulado por raíces,
custodiado por ecos,
y olvidado por el mundo.
Los lobos ya no aúllan allí.
El viento no sopla,
sino que escribe con pena sobre los muros de un bosque que respira temor.
En sus árboles vive un nombre que ya nadie debería pronunciar.
Un nombre que el bosque canta,
con la voz de hojas secas:
"No llames al fauno..."
II. El Guardián del Umbral
No es una criatura como las de los cuentos.
Este fauno no toca flautas ni ríe con ninfas.
Él fue guardián del conocimiento,
de los sueños puros,
hasta que el deseo de los hombres profanó su santuario.
Ahora su canto es hielo.
Su abrazo, condena.
Su prisión es eterna,
y Sonata, el espíritu del bosque,
teje su historia en ramas malditas.
Tres puertas protegen el umbral donde él duerme:
Una de espejo, que refleja tus mentiras.
Una de sal, que disuelve tus recuerdos.
Una de llamas, que no queman el cuerpo… sino el alma.
Si fallas una, pierdes ser.
Te olvidas de regresar.
Y el fauno… ríe.
No como un hombre.
Sino como algo que ya no siente.
III. El Canto Prohibido
Muchos han intentado cruzar.
Pocos han vuelto.
Y los que lo hicieron…
ya no eran los mismos.
La advertencia es clara:
“No cantes su nombre.”
“No bebas del río que canta al morir.”
“No sigas las pisadas de quien nunca volvió.”
Y sin embargo…
una niña reina dormida aguarda.
Oculta en la savia del tiempo.
Perdida en la música que el fauno calló.
Solo quien no tema al reflejo,
no huya del fuego,
y no olvide el honor,
puede entrar y restaurar el equilibrio.
IV. La Redención
El elegido, o la elegida,
no debe luchar contra el fauno…
sino comprender su tristeza.
Ver en sus ojos dorados no una amenaza,
sino una historia interrumpida.
Un amor traicionado.
Un guardián vencido por la traición del mundo.
Y si se cruza sin temblor,
sin miedo,
sin ego…
entonces el bosque canta de nuevo.
“El reino antiguo brillará,
la reina niña volverá.
Y el fauno roto, al fin en paz,
se duerme… y ya no vuelve más.”
V. El Ritual Final
Sí…
puedes llamar al fauno.
Pero no con gritos.
No con soberbia.
Sino con sangre sincera.
Con una promesa de no repetición.
Con la luz que nace del pecho,
no de hechizos antiguos.
Sonata, espíritu del bosque,
te escuchará.
Y cantará contigo el último adiós.
Y entonces el bosque,
por primera vez en siglos,
no tendrá miedo.
Epílogo:
En las leyendas futuras,
dirán que hubo un día en que el bosque se abrió,
y los ecos de la maldición se convirtieron en himnos.
Dirán que el fauno no era monstruo…
sino custodio de una verdad olvidada.
Y que una voz—humana, frágil, valiente—
cambió el destino del bosque…
y de sí misma.
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