Las flores de espinas clavadas en las ramas de sus brazos atravesaban la piel de quien intentaba acariciar su rostro, envuelto en hojas. Las raíces de aquellos dedos, en antaño carnosos, profundizaban en el fango de una superficie tan incorpórea como el alma de sus fuentes de vida, de las cuales extraía el néctar para mantener la llama de su vista; para evitar que el cardo que brotaba de sus finos labios se convirtiera en ceniza y volase propagando una desdicha no escrita. Pues el tronco palpita
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