Si, como dice el cuento, se pudiera amar a un objeto, yo amaría a mi taza.
Aún recuerdo la primera vez que la vi. Yo pretendía pasar desapercibida por aquella tienda de recuerdos del museo Chillida, y allí estaba ella, en un estante, rodeada de iguales y, a la vez, sola. Fue amor a primera vista. Necesitaba aquella taza. Sólo podía imaginarme en mis desvelos tomando el café que en ella reposara. Ninguna otra serviría. Ninguna otra podría quitarme el sueño. Era limpia, virgen, sencilla y, a la v
All rights reserved