Siempre he pensado que la mejor metáfora para describir la vida, son los rompecabezas.
Es sencillo. Cuando una pieza falta, el vacío es enorme. Y en mi opinión personal, ninguna parte del mismo es reemplazable.
Por tanto, estar con una persona insegura e inestable, es arriesgarse a empezar un camino de obstáculos, y a la mitad, quedarte completamente sola. Bien sea, porque ese alguien especial decide desviarse con otras metas y personas; o porque se abandona, diciendo que no puede más y que hasta ahí te acompaña.
Es horrible. La primera vez que sucede, quizás puedes superarlo. Y más aún, si se trata de algo poco intenso o pasajero. Pero entonces, comienza a suceder constantemente, con chicos de distintas características físicas y personalidades que no se asemejan. Y te preguntas, ¿vale la pena involucrarse románticamente?
La respuesta es una duda al aire en estos momentos. Después de que Teddy y yo comenzamos a distanciarnos, el miedo a perder una pieza de mí rompecabezas, se instaló en mí ser, aferrándose a destruir todo a su paso.
Yo no puedo funcionar con una pieza ausente. Lo necesito a él.
Levanto la cabeza y observo al chico de cabello azabache, garabateando en su cuaderno de dibujo. Su nombre, el cual solía relacionar con mis osos de peluche, es Teddy. Somos novios, y ni siquiera parece percatarse de que existo. Me gustaría decir que es un individuo popular y frívolo, pero no. Es extraño. Demuestra quererme, y al mismo tiempo, pone distancias incoherentes.
Los novios no se alejan, se supone que están como chicles, dándose cariño.
Bien, estoy exagerando y sonando como loca. Lo cierto es que, al menos se saludan, cosa que él ni siquiera hace. Es como si yo no existiera.
Me gustaría decir que siempre fue así y que superarlo será fácil, cosa que tampoco es cierta. Él, siempre fue el chico que me hacía sentir sensaciones extraordinarias; al menos, hasta hace una semana.
Una mano en mi hombro me hace sobresaltarme. Me percato de que Teddy ahora conversa con otras personas, mientras yo, lo observo desde lejos, viéndome patética.
O peor aún, pareciendo una psicópata urgida.
—Prueba buscar está palabra en el diccionario —el ser que tengo por mejor amigo, me extiende un trozo de papel, en el cual yace una palabra que probablemente ni siquiera existe—. Hablo en serio. Es lo que tú vida amerita, Molly. Cuando puedas alcanzarlo, amarás por algo menos vano que la necesidad.
Leo una y otra vez la palabra. Sin entender qué rayos significa. Muchos menos al tanto de cómo una estúpida composición de letras, podría coser mi roto corazón.
Nuevamente la repaso, porque mi cerebro no parece procesarlo. Después de leerla unas doce veces, queda grabada por el resto del día en mi sistema, divagando en mi mente y manteniendo mi corazón acelerado.
Es una palabra ideal para una persona enamorada de forma egoísta y ciega.
O también, para una persona enamorada que no entiende que el amor, no es sinónimo de comprar ni de posesión. Amar no es dejar ir como cobardes, pero sí implica libertad para que cada quien cumpla sus metas y atraviese sus caminos.
¿Se pregunta cuál es la misteriosa palabra? Compersión.
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