Sin saberlo, estaba a punto de iniciar la más grande aventura, el mayor de los viajes.
Recordaba como de muy niña jugaba con aquellos símbolos sin significado aún para ella. Los unía, los separaba, le gustaba ver cómo su orden hacía variar el significado. Su espíritu buscador le impulsaba a hacerlo.
Recordaba con nitidez la alegría que sintió la primera vez que entre sus manos nació la semilla que había fecundado su mente, la primera vez en que aquellas palabras que llenaban las páginas de su primera lectura adquirieron sentido tocadas por la emoción hasta construir una historia que solo existía en ella, en su corazón, y que se materializaba en cientos de vidas mínimas que iban, poco a poco, construyendo su biografía. Leer, para ella, era la única posibilidad de seguir respirando.
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