Mi cuerpo desnudo era bañado por el sol, las olas del mar inundaban mis oídos de música, la sal empapaba mi nariz. Allí tumbada sobre la arena, notaba cada minúsculo grano pegado a mi espalda. Con mi mano izquierda cogía puñados y los dejaba caer, como si de un reloj de arena se tratase, caían sobre mi ombligo llenándolo de lo que hasta ahora estaba vacío. Inundándome de calor y de escalofríos al mismo tiempo. Una brisa de aire me erizó la piel.
Me incorporé mirando a los lados, una p
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