Sólo el cielo estrellado lo sabe.
Testigo mudo de nuestro arrebato,
silencioso custodio de nuestro secreto,
de un prohibido momento compartido,
de un intenso frenesí
que nuestra razón no pudo,
no quiso controlar.
Deseo, desenfreno, pasión…
Nunca digas que no,
que nunca más se repetirá,
porque igual que el cielo estrellado,
los dos sabemos que con un cruce de miradas,
todo ese afán reprimido
quedará nuevamente en libertad
arrastrando, envolviendo nuestros cuerpos que sin duda,
igua
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