El pasillo
En casa tenemos cinco habitaciones, seis aseos y, un salón-comedor de más de 20 metros cuadrados. Es una casa de lujo. Por la distribución de los dormitorios, tiene un gran y ancho pasillo. Tenemos una alarma que no dejaba de saltar constantemente desde ayer, por eso hemos tenido que desconectarla. Aun así, nos sentimos seguros aquí mi marido y yo, ya que no es un barrio peligroso. Aunque para miedo, el que me da mi hijo. Hace ya casi seis meses que dejó las drogas, pero lo veo un poco raro. Ayer mismo lo vi en el pasillo sentado frente a la puerta de su habitación, en pose de conversación, pero sin abrir la boca, como si estuviera hablando telepáticamente.
Esta mañana creo que me ha pasado algo con él, pero no sé qué, no recuerdo casi nada. En la memoria solamente tengo el principio de lo que ha sucedido.
—Cariño, ¿te pasa algo?
—No.
—¿Y qué haces ahí sentado solo y en silencio frente a la puerta?
—Pensar.
—¿En qué?
—En la manera de poder ocultarlo.
—¿Te estás drogando otra vez?
—No.
—¿Entonces qué tienes que ocultar?
—Esto —me responde a la vez que se levanta y abre la puerta de su habitación.
—¡No, no puede ser! —Grito al ver el cadáver de mi marido sin cabeza.
—Eso es lo mismo que digo yo. No puede ser que lo hayas hecho.
—¿Qué locura estás diciendo?
—¿De verdad no lo recuerdas?
—Yo no he matado a tu padre, es más, esta mañana ha entrado a darme un beso antes de irse a trabajar. Lo has matado tú.
—Han sido las voces, me lo han ordenado ellas.
—Tanta droga te ha vuelto loco.
Sin esperármelo se abalanza sobre mí y me tira al suelo.
—Para hijo.
—No puedo. Tengo que mataros, vosotros fuisteis los culpables de la muerte de mi novia. Me lo ha dicho papá esta mañana.
—Era una golfa. Te estaba engañando con otro. La vimos paseando con un chico que la cogía de la mano y le decía que la quería mucho.
—Era su primo gay, le estaba dando ánimos porque había roto con su novio.
—Lo siento.
—Ahora ya es tarde, ella está muerta y, dentro de poco lo estarás tú también —asegura poniéndome las manos en el cuello y, apretando todo lo fuerte que puede.
Y aquí estoy, mirando al techo mientras espero a que la muerte haga aparición y, así, dejar de sufrir tanto dolor
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