Ocurrió un verano, cuando aquella rosa se inclinaba cada día más, dispuesta a marchitarse. Su silencio percato la atención de la muerte, quien venía por ella.
Sin embargo, al notar esa crueldad que se imponía ante sus ojos, decidió volver al día siguiente. Llegó con un poco de agua y se dispuso a regarla, pues decidió que si la vida era tan cruel como para dejar que agonice, él estaría dispuesto a traerle agua todos los días.
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