A lo largo del sendero una sombra me acompaña,
se ha vestido de silencio mientras se cobija el alma.
La nostalgia va cual río en el álveo del mañana,
entre dudas y pesares, incertidumbres atacan,
entre tanto algún susurro alimenta una esperanza.
En medio de la tormenta un arcoiris se traza
con el piélago de anhelos y renuevos que aquilatan,
la lealtad verdadera, la que sublime se talla
con el buril del denuedo y el tesón que nunca trama,
manipular corazones, ni taladrar añoranzas.
Es el cielo el fiel testigo de rosicleres, del alba,
del temporal entre nubes del ocaso en su algarada,
de lo efímero del tiempo que la vida nos regala.
Y es que el viaje es duro, arduo, sin rencores, ni venganzas,
llenos de piedras al viento, de estampidas de palabras.
Más la virtud es la guía que atesora cuando afianza,
la voluntad creadora cuales simientes del alma,
que visualiza contiendas donde triunfa la algazara
de oníricos sortilegios entre verdades y alianzas,
de tantos y tantos sueños que persiguen alboradas.
Donde se anida el estío y reverdece la calma
del mirífico sendero que estampa su filigrana,
en la impronta del camino, entre luces y almenaras.
Allí la verdad es abrigo y la justicia batalla,
en medio de derroteros con la fe que no resbala
y resiliente se ofrece junto al frenesí que exhala.
Aimée Granado Oreña ©
Gota de Rocío Azul
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