Mi alma se congeló en medio del eterno calor del desierto, ese calor que se volvió cada día más insoportable. No encontraba forma de hablar, solo de llorar, hasta inundarlo todo: las plantas, los cactus, las calles. Fue entonces cuando decidí descongelarme de la única manera que sabía: escribiendo. A través de estos poemas se explora la depresión y sus espejismos, el amor árido como el desierto, que no funcionó, la soledad y ese tiempo que se estira más allá del horizonte de los cerros, sin vuelta atrás. Pero incluso entre la inundación y el calor, el desierto habló y me abrió el camino de regreso a mí, sanando, aunque fuera por pedazos.
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