Como tantas familias numerosas “Los Fernández” son una familia numerosa que no desea serlo. De manera paulatina y consciente la mayor parte de sus miembros han ido independizándose del abrumador peso de esa patria de artificiales fronteras genéticas. El proceso de desestructuración ha sido natural e indoloro. Los Fernández” crecieron, evolucionaron y murieron como unidad familiar. Los compañeros de viaje, que tantas peleas y canciones compartieron apelotonados en el 124, al crecer se han convertido en unos perfectos extraños que solo refrescan el agotador vínculo sanguíneo en celebraciones y entierros. Una feliz desconexión que termina abruptamente con la muerte de la gran matriarca, una circunstancia que ni los más descastados de “Los Fernández” pueden obviar. Condenados al roce los hermanos intentan desatar los últimos nudos que los atan. Los emocionales, más complejos; y los económicos, más prosaicos, que se resumen en un piso familiar de Madrid y una Finca en un escenario de Spaguetti Western, el desierto de Tabernas en Almería. Una herencia tan dispersa como ellos mismos que anula cualquier posibilidad de resolver los asuntos de manera rápida y limpia; y que les empuja a una misión casi suicida: viajar todos juntos a la desolada finca para homenajear a su difunta madre y revivir los viejos tiempos antes de enterrarlos definitivamente.
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