Quien esté familiarizado con el paradigma urbanístico y social de Barcelona es consciente del lugar que ocupa el Raval en el imaginario colectivo barcelonés, y del papel que juegan los gitanos en su historia.
Para los otros barceloneses, los que crecimos lejos de sus entrañas, el Raval era una tierra mágica, de pesadillas y brujería. Todos habíamos escuchado aquellas historias en las que «si entrabas no salías vivo»: allí, los personajes más oscuros que uno podía imaginar desplegaban su maldad demoníaca.
Para muchos, el barrio (antes llamado El Chino, o El Xino) era lo más parecido a una zona de guerra: la esperanza de vida era unos diez años inferior al resto de la ciudad, el sida, la adicción a la heroína, el analfabetismo, el desempleo. Pobreza extrema, inseguridad… A esto hay que sumar el estado lamentable de la mayoría de viviendas y el consiguiente problema de salud pública. Otros, sin embargo, afirmaban (y afirman) que el supuesto “grave” problema de seguridad del Raval estaba relacionado, en realidad, con intereses inmobiliarios: las tácticas de muchas agencias inmobiliarias para proceder de denuncias por impago eran depravantes (algunas de estas agencias se dedicaban a rechazar cheques de los inquilinos más antiguos para poder demandar) y la especulación con los terrenos llegó a alcanzar cotas ridículas.
Según muchos de los vecinos de aquella época, si bien existían problemas relacionados con la marginación, la salud pública o la adicción a la heroína, la rampante cantidad de desahucios y detenciones respondía a la necesidad de vaciar el barrio para poder especular, pues el Raval constituía lo que se calificó en su momento como un “pastel inmobiliario”.
De hecho, el mobbing inmobiliario causaba un efecto contrario al de “limpieza”: al buscarse la expropiación de rentas antiguas y promoverse la figura de contratos irregulares, los expropiados eran, normalmente, personas mayores, vecinos “de toda la vida”.
Quienes vivieron en el barrio en aquel 1988 aseguran que el episodio relatado en el artículo no fue más que una simple pelea entre varios miembros de distintas comunidades (africanos y gitanos), sin duda menos relevante que otras muchas acontecidas tiempo atrás. Sin embargo, con el paso de las semanas, el relato viajó por toda la ciudad ‒se hablaba de guerra de clanes, de varias muertes de personas inocentes con la mala pata de haber pasado por ahí‒ y se consideró una prueba más de que el barrio clamaba un cambio drástico.
Esta supuesta maquinación por parte de los poderes fácticos se envolvía en la necesidad de “limpiar” el barrio para la Olimpiadas de 1992 y convertirlo en un oasis turístico de calidad. Al fin y al cabo, se trataba de un “gueto” en el corazón de Barcelona…
Como se ha señalado ya, el Raval es una pieza fundamental para comprender la historia y la casuística barcelonesa. Y este barrio tenía en los años 80 un protagonista: los gitanos.
Antes que nosotros trata sobre la relación de una niña gitana, Petra Escofet, con su barrio, por el que siente una compleja mezcolanza de fascinación y agobio. Petra, enamorada de un chico nigeriano llamado Baggio, vive un periodo tumultuoso en su corazón y en su cuerpo. La relación con sus padres, con sus abuelas, con su hermano sordomudo. Con su historia y su raza.
Su capacidad de ver y hablar con los espíritus le sirve para adentrarse en el creciente misterio de la sombra que mata a los traficantes en la noche del Raval…
Esta historia está inspirada por un sinfín de lecturas, entre las que destacaría dos textos muy diferentes entre sí cuyo análisis ha ayudado a construir este manuscrito: Léxico Famiiar, de Natalia Ginzburg y Frankenstein en Bagdad, de Ahmed Saadawi.
Releyendo a Ginzburg por enésima vez sentí la necesidad de relatar la cotidianeidad familiar de los Escofet de un modo similar, en donde anécdotas y recuerdos del pasado construyen la mecánica personal y familiar.
Por otra parte, la fascinación con la que leí hace un tiempo Frankenstein en Bagdad me empujó a visualizar el Raval como un lugar «de posguerra» y a ver la posibilidad de incluir un nuevo elemento: el vengador. El detonante narrativo de Antes que nosotros es la aparición en el barrio de un individuo (La Pantera) que asesina a personajes relacionados con el tráfico de drogas a modo de “limpieza”.
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